el newsletter de la camada 87 Julio 2014 | Page 29

Me quedé piola, paseando por la azotea de la Casa Rosada, mirando hacia el río, silbando bajito, hasta que, en un momento determinado, escuché un ruido lejano. Me dije: “por favor, que no sea un helicóptero!” A los dos minutos, tenía un helicóptero negro a 100 metros de la Casa Rosada, y yo como único responsable de la seguridad en la terraza… No tenía forma de comunicarme con el destacamento que está en el subsuelo, así que me propuse actuar por lógica. O sea: si no me avisaron, no aterriza. Levanté el FAL y le apunté a la cabeza al piloto, le veía la cara nítida y hasta la expresión de asombro, se alejó un poco y al rato volvió, le volví a apuntar, con la adrenalina a full, el dedo rozando el gatillo, como en las películas. En eso siento una voz detrás mío que me dice: - ¿Qué hacés, pajarraco!? - era un soldado salteño, altísimo, muy buen tipo. - ¡Un helicóptero, boludo! – le grito sin bajar el FAL. - Dejalo, animal! –me contesta, fuera de sí- ¡Es el helicóptero presidencial! ¡Está haciendo una maniobra de distracción, Alfonsín acaba de llegar en auto! Mientras tanto, el helicóptero se fue, y yo me quedé con una bronca terrible porque no me habían avisado nada. Estuve a segundos, a instantes de disparar. Cuando bajamos al destacamento me comí una gastada de