EL MERCADER DE VENECIA | Page 9

confío a mis hijos. Desgraciadamente a los dos nos ha golpeado el destino y la enfermedad nos ha hecho perder, con poca diferencia de tiempo, a nuestras esposas. Tú sabes lo que significa criar sin ay uda a los hijos. Sabes cuánto nos ha costado a ti y a mí. Ay údame, ay údalos y así podré quedarme en este lecho sufriendo, pero con la tranquilidad de saber que mis seres queridos están protegidos. Mis últimas horas de vida serán más livianas y dejaremos que Baruch hashem, el Santo Bendito, decida qué será de mí. Moses no había tenido el valor de pronunciar palabra y había seguido escuchando en silencio. —Mira en ese cofre. Allí están todos los documentos que puedes necesitar y, sobre todo, el testamento. Mi familia y a tiene bastante y no necesita nada. En cambio tú debes velar por ellos. De Leon calló un momento y después añadió: —Hace años que eres viudo. Te pido que te cases con mi hija. —Sara es hermosa, pero mucho más joven que y o. Sería más idónea para mi hijo Gabriele —dijo Moses. —Te quiero y sabes que no te he mentido nunca. Tú eres la persona que le conviene, no tu hijo may or —había insistido el anciano, pronunciando las últimas palabras en un tono aún más decidido. —Está bien, de acuerdo, que vengan conmigo y con mi familia, pero díselo tú. —Ya he hablado con Sara. Los más pequeños, y ella misma, están convencidos de que me reuniré con ellos. Puede que así sea. Sara está de acuerdo, ha aceptado casarse contigo. —Sara es una joven hermosa, y o soy un anciano con muchos hijos. —Eres el mejor de los judíos que he conocido porque te pareces a tu padre, bendito sea su recuerdo, zichronò Livraha. Y, como sabes, nuestras familias han afrontado juntas muchas duras pruebas. El viejo amigo, cansado, le había estrechado con fuerza inesperada la mano y se habían separado. Pero para Moses las palabras de aquella conversación se habían convertido en un tormento. La responsabilidad de la elección se había mezclado con el deseo. La idea de tener a Sara en su lecho lo había alterado y no dejaba de perturbarlo. Que ella hubiera dicho que sí a su padre lo halagaba y lo intrigaba, a pesar de que, junto a estos pensamientos, brotaban otros menos tranquilizadores: ¿cómo reaccionarían sus hijos ante la noticia de un matrimonio con una muchacha mucho más joven que él? ¡Que encima era amiga de ellos! Llegado a la orilla de las aguas de la laguna, tras un viaje no muy largo, y sin embargo capaz de suscitar profundas inquietudes, Moses se sobresaltó; sabía que Sara estaba cerca, con los dos hermanos y la hermana más pequeña. En aquel momento, le habría gustado mirarla, quizá estuviera medio dormida.