EL MERCADER DE VENECIA | Page 8

2 En la laguna Llegaron al amanecer. No muy lejos del lugar donde Vianello y Scarpa habían encontrado la muerte, el día antes, en una mañana de niebla. La calle, oculta entre las plazoletas, de repente parecía interrumpirse bruscamente y desaparecer tragada por una lámina de plomo. Detrás del seto, la laguna estaba absolutamente en calma y se confundía a lo lejos con el cielo de un color pálido, cargado de vapores y oculto por una bruma en movimiento. —Por fin —suspiró Moses Conegliano—. Ya hemos llegado. El rostro se le iluminó con una sonrisa serena. Tenía la frente ancha y dos cejas pobladas que se movían cada vez que su cara cambiaba de expresión. Su boca era grande y los dientes muy blancos. Bostezó y se dio cuenta de que la tensión estaba desapareciendo y se sentía menos cansado, más activo, casi más joven. El horizonte se abría frente a él. Sus ojos, al mirar a lo lejos, se volvieron más oscuros y vivos. « Para los que no saben mirar más allá, solo existen obstáculos —pensó y se alegró, a pesar de todo, de haber emprendido el viaje—. Estar en Venecia será una ventaja, incluso desde un punto de vista comercial. Los intercambios serán más rápidos y directos, las ocasiones de obtener ganancias, mejores. Podría llegar a ser un mercader influy ente y ampliar mi red de contactos incluso en tierras lejanas» . Miró a los suy os que iban en el carro: Davide dormía y, quizá, soñaba; Gabriele tenía la habitual expresión resentida e infeliz. A Stella no se la veía, pero se oía su voz delicada cantando una cancioncilla a Dolcetta, la hermana pequeña. Un poco más allá, en los carros de las demás familias, los Todesco, los Cantarmi, los De Leon, los Morpurgo, Isserles, Del Medigo, Basevi, comenzaban todos a despertarse. Se preguntó de nuevo: « ¿Habré hecho bien tray éndolos aquí?» . Todavía veía frente a él el rostro pálido de Abraham de Leon, con los ojos rojos y hundidos, los escasos cabellos despeinados. —No puedo irme —le había dicho el amigo con voz débil, pero que no admitía réplica—. Me gustaría, pero no puedo. No viviré mucho más. Por eso te