intentando mantener la compostura—. Tienes todo el día para saltar. Dedícame
solo un par de minutos. Habla conmigo, Tany a.
La chica hundió la cara en el recodo del brazo derecho.
—Es que y a no puedo seguir. —Gimoteó y le temblaron los hombros, lo que
hizo que Michael volviera a temer por su capacidad de sujeción—. No puedo.
« Hay gente que es débil» , pensó el chico, aunque no fue tan tonto como para
decirlo.
Sangre vital era, con mucho, el juego más popular de la Red Virtual. Sí, uno
podía ir a un horrible campo de batalla de la Guerra de Secesión estadounidense
o enfrentarse a dragones empuñando una espada mágica, pilotar naves
espaciales, ir a fisgonear a los extraños picaderos. Pero todas esas cosas no
tardaban en quedarse anticuadas. Al final no había nada más fascinante que la
vida real, la vivida a pelo, mordiendo el polvo, esa de la que quieres salir pitando.
Nada. Y había algunas personas, como Tany a, que, evidentemente, no podían
soportarlo. Michael sí que podía, sin duda. Había ido ascendiendo de nivel casi tan
deprisa como el famoso jugador Gunner Skale.
—Venga, Tany a —insistió—. ¿Qué daño puede hacerte hablar conmigo? Y, si
vas a dejarlo, ¿por qué quieres terminar tu última partida suicidándote de forma
tan violenta?
La chica levantó la cabeza de golpe y le lanzó una mirada tan implacable que
Michael volvió a estremecerse.
—Es la última vez que Kaine me persigue —dijo ella—. No puede tenerme
atrapada y utilizarme para algún experimento; ni azuzar a los KillSims para que
me ataquen. Voy a arrancarme el núcleo.
Esas últimas palabras lo cambiaban todo. Michael se quedó mirando,
horrorizado, como Tany a se agarraba con más fuerza al poste con una mano y
levantaba la otra para empezar a hundirse un dedo en la carne.
2
Michael se olvidó del juego, se olvidó de los puntos. La situación había pasado de
ser incómoda a ser una verdadera cuestión de vida o muerte. En todos los años
que llevaba jugando, jamás había visto a nadie decodificar su propio núcleo,
destruir el dispositivo que actuaba de barrera dentro del ataúd y que mantenía el
mundo virtual separado del mundo real en la mente de los participantes.
—¡Para! —gritó Michael con un pie puesto y a en la barandilla—. ¡Para!
Saltó sobre la pasarela de la parte exterior del puente y se quedó paralizado.
Se encontraba a solo unos metros de la chica, y quería evitar hacer cualquier
movimiento brusco que pudiera provocarle un ataque de pánico. Tendió las
manos hacia delante y dio un paso cauteloso hacia ella.
—No lo hagas —añadió con el tono más suave que pudo, hablando contra el