Sonó un fuerte estruendo por detrás de ellos, como un cristal que se hacía
añicos. Otro golpe siguió al primero, con un sonido nítido que se oy ó a pesar de
los fuertes gritos de Ronika. Lo único que Michael veía en ese momento era una
oscuridad total.
Entonces Bry son gritó con voz ahogada:
—¡Los ojos! ¡Húndele los malditos ojos!
El dolor de cabeza de Michael se transformó en otra cosa. Algo más similar a
un doloroso zumbido, como si se le hubiera metido un enjambre de abejas entre
los oídos. Ya no sabía si tenía los ojos abiertos, no notaba las garras de la criatura
sujetándolo por brazos y piernas. Su cuerpo y a no parecía ejercer presión contra
el duro suelo. Estaba flotando. Flotando en el vacío oscuro, donde lo único que
existía en el gran abismo del KillSim era ese intenso dolor. El zumbido aumentó
de volumen hasta que Michael y a no oía casi nada más. Ronika chilló por última
vez, como si lo hiciera desde una gran distancia. Sarah estaba gritando algo, pero
llegó a oídos de Michael como un galimatías.
Estaba divagando. Por algún motivo, le vino a la cabeza el cartel publicitario
de Sangre profunda que se veía desde su piso; se imaginó a sus padres, y le dio la
impresión de que hacía siglos que se habían marchado a ese estúpido viaje.
Recordó su infancia: el béisbol, los helados, los parques.
Michael se dio cuenta de que estaba del todo desorientado. Sumido en la
oscuridad, cerró los ojos con fuerza y se concentró; se esforzó cuanto pudo para
centrar la conciencia en un solo punto. Bry son le había dicho qué hacer, era algo
relacionado con los ojos. Sarah se encontraba cerca, tal vez estuviera intentando
ay udarlo.
Se les ocurriría algo.
Él tenía que resistir.
Esa cosa iba a matarlo.
Michael reunió toda su energía, lanzó un grito y, de un tirón, sacó los brazos de
debajo de las garras de la criatura que lo tenía inmovilizado. Se zafó de la bestia
y se abalanzó sobre ella, a ciegas, buscando a tientas la cabeza del KillSim,
buscando con los dedos hasta que encontró el lugar donde antes brillaban esas
luces amarillas. Notó que la criatura intentaba atraparlo de nuevo, pero se dio la
vuelta para evitarlo. Tocó con las manos dos órbitas cálidas, casi ardientes. Las
sujetó con fuerza y cerró los puños alrededor de lo que parecían los ojos del
KillSim.
En un último esfuerzo, el chico apretujó los globos oculares de la bestia con
toda la fuerza que pudo. Eran duros y tersos como el cristal, pero se
espachurraban como el gel. Cuando pudo ver con más claridad, observó como
los ojos supuraban entre sus dedos. La criatura emitió un chillido angustiado y
arremetió contra Michael, luchando por liberarse.
Entonces le explotaron los ojos.