EL JUEGO INFINITO | Seite 57

En cuanto se silenció, Ronika respondió. —No tengo ni idea —dijo, con un tono desprovisto de toda esperanza. Lo único que les quedaba era que Michael cogiera las riendas. —Escucha, Ronika, está claro que han venido a por nosotros. Pero no podemos quedarnos aquí sentados todo el día; estamos esperando a que Kaine se presente, y acabará encontrándonos. Tú quédate aquí mientras nosotros intentamos llegar a la puerta. —No —replicó ella—. No pienso dejaros hasta que estemos todos a salvo. Ese instinto protector sorprendió a Michael. —Está bien, pero sabes tan bien como y o que esto solo puede empeorar. Sobre todo si se presenta Kaine. —¿Y cómo esperas combatir a esos seres cuando se echen sobre nosotros? — preguntó Bry son. —No dejéis que os muerdan —respondió Sarah. Ronika señaló la pantalla. —Solo hay que llegar hasta la escalera que está al otro lado de la puerta. De alguna forma, Kaine me ha bloqueado el acceso a la conexión con mi destacamento de seguridad. Pero, en cuanto estemos al final de la escalera y hay amos llegado al centro del club, mis gorilas se presentarán en masa y podrán incluso con los KillSims. —Está bien. Entonces, a la puerta —concluy ó Michael—. Y subamos por la escalera. Ningún problema. —Aunque la verdad era que el terror lo atenazaba por dentro y le dificultaba la respiración. —Debemos permanecer unidos —añadió Sarah—. Ser una piña. Michael se puso a cuatro patas, listo para pasar gateando por la puerta secreta. —Bry son, tú eres el que está más cerca, así que tendrás que ser el primero. —¡Y qué más! Michael sabía que Bry son estaba de guasa, aunque tenía razón. Él no debía ser el primero. Michael se abrió paso para adelantar a Sarah y a Bry son, y llegar hasta la salida. —No, y o os he metido en este lío —declaró—. Yo iré primero. —Pero, si mueres, me sentiré mal —bromeó Bry son, gimoteando. A Michael le gustó que su amigo intentara conservar el sentido del humor. —Pues tendrás que vivir con esa carga. 5 En cuanto estuvieron colocados en fila por detrás de Michael, él empujó, poco a poco, el angosto panel de madera para abrirlo. Algo similar al fulgor de una vela inundó la habitación en penumbra, lo que hizo que todo se tornase etéreo y cálido.