EL JUEGO INFINITO | Seite 32

considerados de una insignificancia absoluta. Michael se revolvió para intentar zafarse de la fuerza que lo retenía. —No tenéis ni idea del poder que poseo —continuó la voz de Kaine—. Estoy avisando a todos los que intentan detenerme. No os lo advertiré dos veces. —La voz hizo una pausa—. Contemplad lo que os espera si no hacéis caso a mis advertencias. La bola giratoria desapareció y fue sustituida por un rectángulo gigantesco semejante a una de esas pantallas en las que se proy ectaban películas hacía décadas. Las imágenes aparecían como destellos en la pantalla a medida que esta iba ensanchándose y alargándose, hasta casi abarcar todo el campo visual de Michael. Era como si hubiera sido introducido en la mente de un lunático: una ciudad de escombros, privada de color, con personas acuclilladas en los bordillos. Varios hombres con la mandíbula caída en una sala llena de humo, como esperando a morir calcinados en vida, mientras las llamas se colaban por las rendijas de una puerta. Una anciana en una mecedora, levantando una pistola con lentitud. Dos adolescentes riendo, empujando a niños pequeños por un precipicio y mirando cómo caían. Un hospital lleno de pacientes enclenques y de aspecto enfermizo, tras una puerta cerrada por fuera con una cadena, a cal y canto. Varias personas de rostro ojeroso rociando las paredes del edificio con gasolina y uno de ellos sacando un encendedor. Las terroríficas escenas se sucedían, se proy ectaban como destellos, una tras otra, tornándose cada vez más indescriptibles. A Michael le temblaba el cuerpo por el esfuerzo de zafarse. Aquello era peor que cualquier pesadilla de la que hubiera intentado despertar en toda su vida. La voz de Kaine volvió a hablar, procedente de todas partes al mismo tiempo. —Sabéis tan poco de lo que en realidad está ocurriendo… Sois unos niños en todos los sentidos de la palabra. Mentalmente, os espera todo esto y mucho más si seguís adelante. Entonces terminó. Todo desapareció, y Michael volvió a encontrarse en el interior del ataúd. Pero le dolía la garganta, y se dio cuenta de que debía de haber estado gritando durante bastante tiempo.