—¿Por qué estoy aquí? —le preguntó Michael con la voz rota, al tiempo que
sentía una embarazosa falta de confianza—. ¿Cómo puedo ay udar?
La mujer permaneció callada un instante.
—Hemos encontrado a personas comatosas dentro de sus ataúdes. Los tacs
han demostrado que existe lesión cerebral, como si hubieran sido víctimas de
algún experimento enfermizo. Están en estado vegetativo. —Volvió a callarse—.
Tenemos pruebas que demuestran la implicación de Kaine. Y, en cierta forma,
está todo relacionado con ese programa de la Doctrina de la Mortalidad, oculto
en alguna parte de la Red Virtual. Necesitamos localizar tanto al hombre como la
Doctrina de la Mortalidad. ¿Nos ay udarás?
Lo preguntó con demasiada despreocupación, como si estuviera pidiéndole
que fuera a la tienda, en un momento, a comprar leche y pan. Michael quería
salir corriendo. En realidad, en ese instante, quería muchas cosas —un viaje en el
tiempo hubiera estado genial—, pero, siendo realista, lo que de verdad deseaba
era estar en su habitación y en su cama, en su ataúd, evadirse con algún estúpido
juego de deportes, en el nivel para principiantes, ir al Dan the Man Deli, comer
patatas azules, quedar con Bry son y con Sarah, ver una peli, leer un libro, ver a
sus padres regresando de viaje, y no volver a oír hablar jamás de todo aquello.
No obstante, le salió una palabra de la boca, y no fue consciente de su
seguridad hasta que se oy ó pronunciándola.
—Sí.