agradeció el suave tacto de la alfombra que tenía bajo los dedos de los pies; eso
le hacía sentirse arraigado, de vuelta a la realidad. Agarró el par de calzoncillos
que había dejado en el suelo y se los puso. Dedujo que una persona decente
habría decidido, además, ponerse unos pantalones y una camiseta, pero, de
momento, él no se sentía tan decente. Lo único que el juego Sangre vital le había
encomendado había sido convencer a una chica de que no se suicidara, a cambio
de puntos de experiencia. No solo no lo había logrado, sino que había contribuido
a que la chica lo hiciera en realidad. En realidad, en realidad.
Tany a —sin importar dónde se encontrara su cuerpo— estaba muerta. Se
había arrancado el núcleo antes de morir: una proeza de la programación,
protegida por contraseñas, que solo ella podía hacerse a sí misma. Simular la
extracción de un núcleo no era posible en la Red Virtual. Resultaba demasiado
peligroso. De no haber sido así, jamás se sabría si alguien estaba fingiendo, y la
gente lo habría hecho, a tontas y a locas, como golpe de efecto y para
impresionar a los demás. No, ella había manipulado su código, había desactivado
la barrera de seguridad de su mente, la que separaba lo virtual de lo real, había
enviado el implante real a freír espárragos y lo había hecho a propósito. Tany a,
esa chica guapa de ojos tristes y con delirios de que la perseguían… Muerta.
Michael sabía que lo sucedido no tardaría en salir en el InfoBlog. Informarían
de que él estaba con ella, y la SRV —la Seguridad de la Red Virtual— se
presentaría en su casa para interrogarlo sobre el tema. Seguro que lo harían.
Muerta. Estaba muerta. Tan inmóvil como el destartalado colchón de su
cama.
Fue un golpe repentino. Aquello lo golpeó como una pelota lanzada a toda
velocidad contra su cara.
Michael estuvo a punto de no llegar al baño para vomitar todo cuanto tenía en
el estómago. Luego se desplomó en el suelo y se quedó hecho un ovillo. No le
salían las lágrimas —no era un llorón—, pero permaneció así durante largo rato.