EL HIJO DEL VIENTO El Hijo del Viento - Henning Mankell | Page 244
quedó en la cama, contando los días. Si había contraído la malaria por la noche,
la enfermedad tardaría unos catorce días en manifestarse y, si todo iba según sus
planes, para entonces se encontraría muy lejos del desierto y sabría que, si de
pronto le daba fiebre, sería por la malaria.
Continuó, pues, su viaje hacia la frontera de Namibia. Ya le habían advertido
que el camino era difícil de transitar y a veces incluso inexistente. No obstante, el
jeep con tracción en las cuatro ruedas y provisto de un motor muy potente le
permitía avanzar. Se preguntaba cuándo llegaría al camión que debía de estar por
allí, como un buque hundido en el mar de arena.
Pero antes de llegar al lugar donde se encontraba el camión, se detuvo a
orinar. Aquel desierto era liso, no como el que él había visto en las fotografías,
lleno de dunas que ondeaban suavemente como olas, ocultando la ingente
cantidad de arena que había detrás. Allí no había montículos. Era una arena gris
y, aquí y allá, crecían arbustos aislados. En el horizonte, cielo y tierra se unían en
una neblina incolora.
Se abrochó la bragueta y se dio la vuelta para regresar al coche y sentarse al
volante cuando divisó a un grupo de personas que se acercaban caminando
desierto a través. Se movían muy deprisa, en una larga fila, y le llevó un rato
cerciorarse de que eran personas y no animales. Se colocó en la parte trasera del
vehículo y se inclinó para quedar a la sombra de la cabina. Entrecerró los ojos y
contó hasta treinta y una personas.
El primero en acercarse fue un hombre viejo y escuálido, de cabello gris y
piernas torcidas, que lo observaba curioso.
—I know how to speak English —le dijo.
Se sorprendió. Le habían dicho que los nómadas del desierto, la gente de las
aldeas, no conocía otra lengua que la indígena, aquella lengua que consistía en
chasquidos tan extraños que, para un extranjero, resultaba casi imposible de
aprender.
El coche estaba rodeado de nómadas. Todos lo miraban con amabilidad, ni
siquiera los niños parecían asustados. De repente, comprendió que se le ofrecía
una posibilidad quizás irrepetible. Era impensable concertar una cita con los
nómadas. No podía quedar a una hora con un grupo de personas pertenecientes al
pueblo San. Y él se había cruzado en su camino con uno de esos grupos donde,
además, había un hombre que hablaba inglés.
Le preguntó al anciano si tenía tiempo de detenerse a escuchar su historia. El