EL HIJO DEL VIENTO El Hijo del Viento - Henning Mankell | Página 243

Epílogo Desierto de Kalahari, marzo de 1995 A medio camino entre Francistown, en Bostswana, y Windhoek, en Namibia, pasó la noche en un hotel de Ganzi. El pueblo constaba de un puñado de casas castigadas por el viento y dispersas en pleno desierto. El hotel estaba lleno de arena. Aunque la carta del restaurante ofrecía una gran variedad de platos, la may oría de ellos se componían principalmente de arena. Incluso cuando bebía agua le crujía la arena entre los dientes. En el solitario bar del restaurante había dos hombres sentados, cerrando un negocio. Se lo tomaban con mucha calma y pasaban largos ratos absortos y en silencio, hasta que retomaban la conversación. En el desierto no había razón para darse prisa. Puesto que no había otros clientes en el establecimiento y el camarero había desaparecido, no pudo evitar oír de qué hablaban. Uno de ellos se vio obligado a detenerse con su camión justo después de la frontera con Namibia y ahora intentaba vender tanto el camión como la carga que, según acertó a comprender, se componía sobre todo de ruedas de bicicleta y diversas mercancías como ropa de niño, calcetines y una partida de gorras de visera que había conseguido muy baratas. Las negociaciones sobre el precio avanzaban despacio y no se quedó lo suficiente como para saber si los dos individuos llegaron o no a un acuerdo. Justo antes de que cay era la noche dio un paseo por la única calle. El desierto estaba omnipresente. Entró en un comercio, más que nada por ver lo que vendían. La mujer que había detrás de la caja, negra y muy joven, le preguntó enseguida si no quería casarse con ella y sacarla de allí. Tuvo la sensación de que hablaba completamente en serio y se marchó a toda prisa. Por la noche, después de cenar huevos, patatas, verduras y arena, se quedó despierto tumbado en la habitación del hotel, peleando con los mosquitos. El desierto que lo rodeaba emitía un rumor de olas en la oscuridad, como si en realidad se encontrase en una isla en medio de un mar infinito. Cuando se despertó por la mañana, los mosquitos se habían cebado con él. Se