EL HIJO DEL VIENTO El Hijo del Viento - Henning Mankell | Page 241
—¿Quiénes?
—¡Las voces! ¿No las oy es? El pequeño no está solo.
Alma prestó atención.
—Estás soñando. Aquí no hay nadie.
—Pero ¿cómo, no las oy es? Te digo que no está solo, joder.
—Estás cansado —le dijo Alma tomándole la mano—. Estás preocupado y
duermes mal. Yo también estoy preocupada, pero hay que creer en Dios.
—¡Dios! —exclamó Edvin lleno de rabia—. ¿Qué sabrá él?
—No blasfemes.
Al cabo de un rato, salieron de la habitación. El niño se levantó de la cama, se
despidió de Daniel con la mano y se marchó. Daniel cerró los ojos y siguió
hundiéndose. Ya sentía la arena cálida bajo sus pies. Si se hacía sombra con la
mano, podía incluso avistar unas cebras moviéndose despacio a la reverberante
luz del sol. Pese a que no tenía hambre, sintió deseos de hincar los dientes en un
trozo de carne de algún animal que Kiko hubiese cazado.
Una sola vez durante aquellos días crey ó ver a Padre. Para entonces y a
estaba tan perdido en el abismo que se veía rodeado de arena y arbustos. Junto a
un arroy o seco y acía un esqueleto blanco y pelado. Y al lado de la mano, donde
sobresalían los huesos de los dedos, se veía una cajita de madera. Daniel la
reconoció enseguida. Era la misma que Padre le había pedido que vigilara en
varias ocasiones, puesto que contenía aquel insecto al que Padre daría su nombre.
Daniel la abrió y halló una mariposa disecada, que fue azul en su día. Al sacarla,
se deshizo en un polvo azulado. La dejó otra vez junto al esqueleto de Padre
pensando que deseaba que alguien, quizá la mujer del vestido rojo, encontrase a
Padre un día y lo llevase de vuelta a casa.
Finalmente, llegó a su destino. En primer lugar vio la montaña en cuy a cueva
estaba el antílope. Vio que dos personas se acercaban desde lejos. Aguardó hasta
que pudo distinguirlos: eran Kiko y Be con un nuevo hijo a la espalda. Ella le
contó que, durante el tiempo que Daniel había estado fuera, había nacido su
hermana. Kiko no estaba enfadado. Daniel le ofreció su regalo al tiempo que
olvidaba que su nombre había sido Daniel. Ahora volvía a ser Molo. Sin más.
Kiko estuvo admirando un buen rato el objeto que tenía entre las manos.
—Has aprendido a tener paciencia —le dijo finalmente—. Te has hecho
may or.
Molo sonrió. Ya estaba en casa. Lo pasado desaparecería pronto de su
memoria.
Daniel murió muy temprano, una mañana de verano, después de haber
estado delirando varias semanas. El doctor Madsen no pudo hacer nada. No había
esperanza.