EL HIJO DEL VIENTO El Hijo del Viento - Henning Mankell | Page 240
ellos dormían en la cocina con la sirvienta. Edvin lo cogió en brazos para llevarlo
adentro y Daniel no se resistió.
Aquella fue la única vez que se levantó de la cama. Un breve paréntesis en su
abandono de sí mismo. A partir de ahí siguió hundiéndose en el abismo y no cesó
hasta morir.
De vez en cuando sufría un violento ataque de tos que empapaba de sangre
las sábanas. Pero la may or parte del tiempo y acía tranquilo en esa tierra
fronteriza donde los sueños se mezclan con la realidad. Nunca dijo nada, nunca
se comunicó ni con la mirada y al final solo reconocía a Alma y a Edvin. Hallén
acudía a visitarlo con regularidad, al igual que el doctor Madsen. En una ocasión,
Alma hizo venir a una anciana sabia de Kivik que, según decían, era capaz de
curar a la gente con hollín y embadurnándoles el pecho con grasa de vaca. Pero
Daniel seguía hundiéndose en el abismo. No sentía dolor, ni hambre, ni sabía si
era de noche o de día.
Cuando empezó a perderse en el abismo, comprendió que el camino de
vuelta no iba hacia el horizonte, sino hacia dentro, hacia abajo, hacia una
profundidad que lo llevaba al centro de sí mismo. Allí lo aguardaban Be y Kiko.
En sus sueños y a entreveía la arena brillando completamente blanca a la luz del
sol. Sentía una inmensa calma. Ya nada le impediría regresar. Be y Kiko no lo
habían abandonado. Claro que Kiko seguro que se enfadaría por su tardanza en
darse a conocer. Pero ni siquiera eso lo preocupaba y a. Aún le quedaban fuerzas
para seguir tallando el zueco unas horas al día. Pensaba que Kiko estaría
satisfecho, pues y a lo hacía mucho mejor. Un día, Kiko podría confiarle la talla
del antílope en la roca.
Los últimos días, cuando y a había caído muy hondo en el desierto que lo
aguardaba, empezó por fin a oír las voces. Ya estaban allí, muy cerca. Y poco a
poco comenzó también a distinguir sus rostros. El primero en acercarse a su
cama fue un niño algo may or que él. Daniel y a no recordaba su nombre, pero no
le cabía la menor duda de que era el tercer hijo nacido de una de las hermanas
may ores de Kiko. Cuando Daniel le hizo su primera pregunta, si Be y Kiko
tardarían mucho en llegar, el niño le respondió que estaban de cacería, pero que
no tardarían en volver.
Justo cuando el niño llegó a su lado, Edvin abrió la puerta y entró con una
jarra de leche. La dejó en la mesilla, junto a la cama, y se quedó de pie
mirándolo. Luego se asomó a la puerta y, en voz baja, llamó a Alma. Daniel le
explicó al niño quiénes eran Edvin y Alma, y cuando esta entró, el niño se había
sentado en la cama, a los pies de Daniel.
—Ya están aquí otra vez —observó Edvin.