EL HIJO DEL VIENTO El Hijo del Viento - Henning Mankell | Page 236
« A mi hijo Daniel, que se halla lejos, en Suecia:
» Siempre pienso en ti como en Daniel Bengler. A veces se me ocurre
que es un nombre adecuado para un adulto. Pero ¿qué apellido puede
considerarse adecuado para un niño, en realidad? En estos momentos me
encuentro en Ciudad del Cabo, la ciudad donde tú y y o comenzamos
nuestro viaje. ¿La recuerdas? ¿Recuerdas aquella montaña elevada que
parecía una mesa? ¿O el día que paseando por la play a divisamos unos
delfines saltando en alta mar? El viaje hasta aquí fue largo, pues tuve que
recorrer toda Europa en un carromato desvencijado, hasta llegar a la
ciudad francesa de Marsella, donde tomé el barco. Llevo cuatro meses en
Ciudad del Cabo. Los primeros los pasé enfermo, pues comí algo que le
sentó mal a mi estómago y, durante unas semanas, temí que la
enfermedad fuese más fuerte que y o. Pero y a estoy repuesto. Pronto
habré terminado los preparativos y podré regresar al desierto. No
obstante, me dirigiré más al nordeste en esta ocasión. Hay allí extensas
regiones poco conocidas y espero, claro está, poder encontrar insectos
que me llenará de satisfacción poder enseñar en Suecia. Fue un viaje
precipitado, lo sé. Pero necesario. En cualquier caso, ahora todo está en
orden. Ignoro cuándo volveré. Padre» .
—Una carta muy hermosa —opinó el doctor Madsen una vez que hubo leído
la misiva, antes de guardarla nuevamente en el sobre.
—Ni siquiera pregunta cómo está el pequeño —observó Alma indignada—.
Ni siquiera cómo se encuentra.
—Ya, pero al menos ahora sabemos que está vivo —replicó Edvin—. Cosa
que antes ignorábamos. Ahora sabemos que tardará en volver.
El doctor Madsen dejó la carta en el montón de paja, junto a la cabeza de
Daniel.
—Una carta muy hermosa —repitió.
Después posó la mano en la frente de Daniel. Le miró las pupilas y lo
auscultó. Se oían pitidos.
—Bueno, está claro que lo mejor habría sido ingresarlo en un hospital —les
dijo a Alma y a Edvin una vez concluido el reconocimiento, pero supongo que no
hay posibilidad.
—Si eso puede curarlo, vendo los caballos —respondió Edvin sin vacilar.
El doctor Madsen negó en silencio.
—Dinero siempre se puede sacar de algún lado —aseguró—. Hay mucha
gente que se conmueve profundamente ante un niño enfermo. Además, ha
conocido al rey en persona. Pero no se trata de dinero, sino de que no resistiría
que lo trasladásemos a otro lugar donde todo le resultará extraño.
El doctor Madsen observó a Daniel, allí tumbado, sobre la paja.