EL HIJO DEL VIENTO El Hijo del Viento - Henning Mankell | Page 235

30 Daniel repartió lo que le quedaba de vida tallando muescas en el zueco que no iba a convertir en estatuilla. Cada vez que dejaba el cuchillo y cada vez que retomaba el trabajo hacía una muesca. Se dedicaba a esperar. Ahora que había medido sus fuerzas con todo el mal que lo rodeaba y que había demostrado que era el más fuerte, el tiempo había perdido toda importancia. Su espera no implicaba más que contemplar cómo la luz del amanecer se filtraba tímida por las ventanas del cobertizo, o ver cómo caía la noche. Su espera implicaba escucha. Vinieran de donde vinieran, Be o Kiko se dejarían oír antes. Sus voces sonarían débiles, casi susurrantes, tal vez como el indolente mugir de las vacas en sus establos, o como el aleteo de la gallina. Pero él no lo sabía, de ahí la necesidad de estar atento a cualquier sonido que pudiese significar un anuncio de su llegada. La tos había empeorado desde el esfuerzo realizado al llevar arrastrando por el fango el cuerpo de Sanna. Y la fiebre intermitente lo debilitaba. Durante sus últimos días de vida, durmió mucho. Una tarde en que abrió los ojos después de haber estado durmiendo un rato, se encontró con el doctor Madsen. Le sonreía y sostenía en sus manos una carta. —Tu padre manda noticias —anunció—. Te llegó esta carta, con matasellos de Ciudad del Cabo. Daniel apenas si conservaba ningún recuerdo del hombre al que llamaba Padre. Se habían disuelto en evocaciones difusas. Solo haciendo un gran esfuerzo era capaz de recordar su semblante. De la voz no quedaba ni la memoria. Las imágenes eran sombras en su mente. —Me escribió y me pidió que te ley era la carta. Detrás del doctor Madsen estaban Edvin y Alma, que se mantenían algo apartados, como si la carta les infundiese un gran respeto. El doctor Madsen comenzó a leer: