EL HIJO DEL VIENTO El Hijo del Viento - Henning Mankell | Page 235
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Daniel repartió lo que le quedaba de vida tallando muescas en el zueco que no
iba a convertir en estatuilla. Cada vez que dejaba el cuchillo y cada vez que
retomaba el trabajo hacía una muesca.
Se dedicaba a esperar. Ahora que había medido sus fuerzas con todo el mal
que lo rodeaba y que había demostrado que era el más fuerte, el tiempo había
perdido toda importancia. Su espera no implicaba más que contemplar cómo la
luz del amanecer se filtraba tímida por las ventanas del cobertizo, o ver cómo
caía la noche. Su espera implicaba escucha. Vinieran de donde vinieran, Be o
Kiko se dejarían oír antes. Sus voces sonarían débiles, casi susurrantes, tal vez
como el indolente mugir de las vacas en sus establos, o como el aleteo de la
gallina. Pero él no lo sabía, de ahí la necesidad de estar atento a cualquier sonido
que pudiese significar un anuncio de su llegada.
La tos había empeorado desde el esfuerzo realizado al llevar arrastrando por
el fango el cuerpo de Sanna. Y la fiebre intermitente lo debilitaba. Durante sus
últimos días de vida, durmió mucho.
Una tarde en que abrió los ojos después de haber estado durmiendo un rato,
se encontró con el doctor Madsen. Le sonreía y sostenía en sus manos una carta.
—Tu padre manda noticias —anunció—. Te llegó esta carta, con matasellos
de Ciudad del Cabo.
Daniel apenas si conservaba ningún recuerdo del hombre al que llamaba
Padre. Se habían disuelto en evocaciones difusas. Solo haciendo un gran esfuerzo
era capaz de recordar su semblante. De la voz no quedaba ni la memoria. Las
imágenes eran sombras en su mente.
—Me escribió y me pidió que te ley era la carta.
Detrás del doctor Madsen estaban Edvin y Alma, que se mantenían algo
apartados, como si la carta les infundiese un gran respeto.
El doctor Madsen comenzó a leer: