EL HIJO DEL VIENTO El Hijo del Viento - Henning Mankell | Seite 233
al suelo sin hacer el menor ruido. Daniel siguió clavándosela hasta que tuvo la
certeza de que estaba muerta. Cuando le dio la vuelta, Sanna lo miraba con los
ojos muy abiertos. Le embadurnó el rostro de barro hasta que sus ojos no
pudiesen verlo. Para que tampoco pudiese hablar, le llenó la boca y la garganta
de tanto barro como pudo. Sudaba y jadeaba mientras limpiaba la sangre que le
había salpicado la ropa. Después, tomó la punta de la guadaña y la fotografía del
rey y las enterró en el fango.
El árbol donde solían posarse los pájaros no se veía con la niebla. Daniel
agarró a Sanna por los brazos y empezó a arrastrarla colina abajo. En varias
ocasiones se vio obligado a agacharse para descansar. Sufrió un golpe de tos tan
violento que llegó a vomitar. La boca se le llenó de sangre, pero no le importaba.
Pronto volvería a estar en casa. Arrastró el cuerpo de Sanna hasta que llegó al
árbol siempre cargado de pájaros y la cubrió con un montón de ramas caídas y
de arbustos secos. Cuando los pájaros volviesen, picotearían su cuerpo hasta que
no quedase ni rastro. Pese a que volvía a tener fiebre, se sentía con fuerzas. Ya no
tenía más que tumbarse a esperar en el cobertizo. Kiko y Be no tardarían en venir
a buscarlo.
Aquella misma noche empezó a dar forma a una talla utilizando uno de sus
zuecos. Quería ofrecerles un regalo a Be y a Kiko cuando viniesen por él. Y, ante
todo, quería mostrarle a Kiko que ahora era mejor haciendo figuras. Cuando
Alma entró con la comida, escondió tanto el cuchillo como el zueco. Y empezó a
comer enseguida.
—No tan aprisa —le recomendó la mujer—. Tu estómago no lo resistirá.
Daniel siguió su consejo. Por un instante, sintió deseos de contarle a Alma que
ahora todo se arreglaría. Que pronto y a no tendría que dormir en el cobertizo.
Que y a no habrían de preocuparse más por él. Pero enseguida pensó que más le
valdría no decir nada. El doctor Madsen y Hallén habían hablado de una casa
donde encerraban a la gente. Y no quería que volviesen a amarrarlo.
Aquella noche, cuando se quedó a solas con los animales, se quitó toda la ropa
y se lavó entero. Pese a que el agua estaba muy fría se frotó bien todo el cuerpo,
hasta que desapareció la suciedad. Descubrió que tenía manchas de sangre en la
ropa y las frotó con el cepillo que Edvin solía utilizar para los caballos.
Luego se vistió y se tumbó un rato a tallar el zueco. Procuraba no
impacientarse con la talla. Quería que Kiko estuviese satisfecho y que le dijese
que y a lo hacía mejor.
Salió al patio al amanecer.
La niebla cubría espesa las tierras. En la distancia, oy ó los chillidos de los
pájaros. Edvin salió y se puso a orinar en la escalinata. Cuando terminó, se dio