EL HIJO DEL VIENTO El Hijo del Viento - Henning Mankell | Seite 232
encendió el candil y aflojó la llama. Clavó la astilla en el lugar en que solía
sentarse Sanna, y a inmóvil con los ojos cerrados, y a impaciente, balanceándose
y escarbando en el lodo. Después, hizo lo que Kiko le había enseñado, imitó a una
hiena riendo en la penumbra. Las hienas siempre seguían el rastro de la muerte,
no solo comían cadáveres de animales, sino que desenterraban a personas
muertas. De este modo ingerían también los espíritus de las personas, tanto de las
malas como de las buenas. Daniel susurró en su lengua las palabras más
importantes: que en la astilla vivía un espíritu que podría devolverlo al desierto.
Después apagó el candil y regresó al cobertizo.
Por la mañana, cuando despertó, se encontró con la mirada del mozo.
—Esta noche se ha oído una risa —dijo el mozo—. Sonaba como un cerdo,
pero también como una persona. Seguro que eras tú.
—No —repuso Daniel—. No fui y o.
El mozo lo miró un rato con insistencia antes de echar a correr en busca de
Alma y de Edvin.
—Lo he oído —dijo alterado—. Lo he oído hablar.
—¿Qué ha dicho?
—« No, no fui y o» .
—¿Eso es todo?
—Sí.
Alma se sentó en cuclillas junto a Daniel.
—¿Has empezado a hablar otra vez?
Pero Daniel no respondió. Alma repitió su pregunta.
—No sirve de nada —dijo Edvin—. El mozo ha tenido una alucinación.
—Sé lo que oí.
Edvin le dio un empujón.
—Venga, que tienes trabajo.
A primera hora de la tarde salió Daniel por un agujero que había en la pared
trasera del cobertizo. Antes de marcharse se guardó en el bolsillo el fragmento de
guadaña. Encogido, atravesó los campos a la carrera. Un banco de niebla
empezó a envolver despacio el entorno en un manto blanco. Notó que se le
aceleraba el corazón al ver que Sanna estaba sentada en la cima de la colina,
escarbando en el barro. La niña se alegró de verlo. Dio un salto y se agarró a él.
Daniel vio que había estado escarbando justo donde él había enterrado la astilla.
Ya no le cabía la menor duda. Se percató de que olía como un animal, sus ropas
eran como un cuero y su risa era la de un animal, no la de un ser humano.
—Jamás creí que volvería —dijo Sanna.
La niebla lo cubría todo. Sanna se sentó en el lodo. Llevaba consigo la
fotografía del rey y fue siguiendo su firma con el dedo. Daniel empezó a sacar la
punta de la guadaña con mucho disimulo, y se la clavó en la nuca. La niña cay ó