EL HIJO DEL VIENTO El Hijo del Viento - Henning Mankell | Page 228

atormentaba encima de su propio ojo se agudizase de inmediato. Una de las personas más acaudaladas de su parroquia, un hombre muy desagradable llamado Arnman, golpeteaba el muro con su bastón. El año anterior, había donado a la parroquia una corona nupcial horrenda y aparatosa, pero bastante cara. Hallén sospechaba que se trataba de un objeto robado del que se había hecho en uno de sus muchos viajes a Polonia. Arnman tenía una amante que vivía en una propiedad venida a menos, muy cerca de la ciudad portuaria donde los transbordadores de Ystad partían hacia el continente. Y solía alardear de que cada uno o dos años tenía un niño polaco, pese a que su esposa sueca le daba hijos constantemente. Hallén sentía cierta pena al ver desde el púlpito al obeso Arnman junto a su escuálida esposa. Incluso se permitía la desagradable fantasía de imaginarlos juntos desnudos. Se le antojaba incomprensible que Arnman no hubiese aplastado y a a su esposa en la cama. —El negro —dijo Arnman con su voz pastosa—. Esto es obra del negro. Un sordo murmullo cundió entre los congregados junto al muro del camposanto. Sonaban, se dijo Hallén, como abejas nerviosas. —El negro —repitió Arnman mientras Hallén comprendía que lo que pretendía era que la gente saliese en su persecución. Pero Arnman ejercía una enorme influencia sobre los fieles, pertenecía al consejo parroquial y nadie podía negar lo generoso de sus contribuciones a la miserable parroquia. —¿Y cómo saberlo? —preguntó Hallén pensando en el extraño niño procedente del remoto continente negro, al que él había intentado enseñarle a tener veneración, pero que le había agradecido su esfuerzo poniendo una serpiente en la bolsa de la colecta. A una señal de Arnman con el bastón, uno de los mozos de Arnman se separó del enjambre de curiosos. Era un joven que siempre estaba ebrio pero que, según decían, tenía buena mano para tratar a los caballos enfermos. —Yo lo vi —declaró el mozo. —¿Qué viste? —Lo vi tallando en el muro. —¿Cuándo? —Anoche. Arnman le arreó al mozo un bastonazo en la espalda y el muchacho se retiró. —Es cierto que bebe mucho, pero lo que ha visto, lo ha visto. El negro estuvo aquí tallando anoche, se cortó y embadurnó el muro con su sangre. No es de los nuestros. Uno sabe distinguir la obra del diablo. Hallén dedicó a Arnman una mirada escrutadora. El dolor de cabeza iba en aumento. —¿Y qué es lo que distingues tú? —Que hay que tener cuidado con las personas a las que les permitimos que compartan nuestro entorno.