EL HIJO DEL VIENTO El Hijo del Viento - Henning Mankell | Page 223
Bañad al niño, vestidlo. Necesitan comer algo. Procurad que la niña deje de
llorar. Después quisiera que me contasen su historia. ¿Qué será del muerto?
—Lo trasladaremos a tierra, Majestad.
El rey asintió y se dio media vuelta. Sobre Daniel se inclinó una mujer que
exhalaba un intenso olor a algún extraño perfume. Lo observó un instante y se
echó a reír.
Daniel no reaccionaba. Lo bañaron, lo vistieron con ropa nueva y limpia y le
pusieron una levita con botones dorados. Después, lo condujeron a una habitación
donde y a estaba Sanna. Llevaba puesto un vestido y estaba atónita.
—¡El rey ! —gritó—. ¡Estamos en el barco del rey !
—Tendrías que haber dejado que me ahogase. ¿Por qué no me dejaste que
me hundiese hasta el fondo?
Pero ella no lo escuchaba, se mesaba el vestido y seguía sin salir de su
asombro.
—Es el rey —repitió. Daniel observó que tenía los ojos llenos de lágrimas,
aunque ignoraba si eran de miedo o de alegría.
Sanna lo había devuelto al barco. Fue más fuerte que Be y Kiko y lo había
traicionado.
De repente, tuvo la certeza de que debía vengarse, pero no sabía cómo.
Se abrió la puerta, que dio paso a un hombre con las hombreras doradas.
—Su Majestad espera —dijo con voz bronca.
Les hizo seña de que se levantasen y se diesen la vuelta. El hombre le alisó a
Daniel la levita.
—Nadie puede sentarse hasta que Su Majestad le dé permiso. Nadie puede
hablar si Su Majestad no se lo pide. Debéis responder con brevedad y claridad,
por supuesto, sin maldiciones ni otras palabras malsonantes, y no podéis sentaros
con las piernas cruzadas. Si Su Majestad ríe, puede ser conveniente corresponder
con una breve risa o, más bien, con una sonrisa sonora. No son convenientes las
improvisaciones a título personal, ¿entendido?
—Sí —respondió Sanna con una leve inclinación.
—No —dijo Daniel—. Yo quiero morir.
—Su Majestad espera respuestas a sus preguntas y nada de andarse por las
ramas. ¿Entendido?
—Sí —respondió Sanna con una inclinación más pronunciada esta vez.
—Yo lo que quiero es morir —repitió Daniel.
Cruzaron una estrecha galería, subieron una escalera y se detuvieron ante una
puerta de doble hoja.
—Su Majestad os recibirá en el salón de popa. Debéis inclinaros y hacer una
reverencia en el preciso instante en que y o cierre la puerta.
Entraron, pues, y vieron al hombre de la barba gris, el del retrato que había