EL HIJO DEL VIENTO El Hijo del Viento - Henning Mankell | Page 222
observándolo. Tenía los ojos iny ectados en sangre.
—No vale para súbdito —declaró—. Ni siquiera en las más remotas aldeas de
montaña de Noruega puede uno encontrar nada parecido. Un negro.
El hombre miró al capitán Roslund, que estaba a su lado.
—¿Qué dice la niña?
Roslund se irguió, con los brazos rígidamente extendidos y pegados al cuerpo.
—La niña, a decir verdad, no parece estar en sus cabales, Majestad. Dice que
iban a navegar hasta el desierto. Y que el hombre murió de repente, sin más. El
doctor Steninger no ha encontrado ninguna lesión en el cadáver y solicita permiso
para realizar una autopsia.
—¿A bordo del Drott? ¿Van a rajar un cadáver en el buque real y durante mi
viaje de vacaciones rumbo a Kristiania? ¡No lo consiento!
Roslund dio un zapatazo, saludó, se dio media vuelta y se marchó.
Daniel y acía sobre una vela extendida. Alguien le había puesto un almohadón
bajo la cabeza. A su alrededor, un montón de personas lo miraban curiosas. Pero
el hombre de la barba gris era la más importante. Siempre estaba el primero y,
entre él y los demás, se abría una gran distancia. De pronto, a Daniel le pareció
reconocer su rostro. Lo había visto con anterioridad.
—Creo que el niño ha reconocido a Su Majestad —dijo un hombre de
recortado bigote.
Daniel cay ó súbitamente en la cuenta. En el dormitorio de Alma y Edvin
había un retrato suy o en la pared. Representaba con exactitud al hombre que
ahora lo miraba. Daniel le había preguntado a Alma en una ocasión que quién
era, y ella le respondió que se trataba del rey Oskar, seguido de un número que
y a no recordaba.
Daniel se incorporó de repente. Y el hombre de la barba gris dio un paso
atrás.
—Con cuidado —advirtió—. Puede que el niño no sea de fiar. ¿Qué dice la
niña?
—Nada, Majestad. Llora todo el rato.
—Pero antes, ¿qué dijo del niño?
—Que se llama Daniel y que es de un desierto africano.
—Pero y o estoy seguro de haberlo oído hablar sueco con acento de Escania.
—La niña nos ha contado que se marcharon de un pueblo cercano a
Tomelilla.
—¿Y que se hicieron a la mar?
—Al parecer, el niño quería regresar al desierto.
El hombre que era rey extendió la mano. Alguien depositó en ella un pañuelo
con el que se limpió la boca antes de dejarlo caer sobre la cubierta.
—Un amanecer de lo más curioso —insistió el rey —. Se levanta uno más
temprano de lo habitual y se encuentra con una experiencia extraordinaria.