EL HIJO DEL VIENTO El Hijo del Viento - Henning Mankell | Page 217

—Tenemos que irnos y a —dijo Daniel. El hombre negó sin replicar. —No hace viento. Y no pienso cruzar el estrecho a remo. —No hay calma chicha —observó Daniel—. Y tu barco es pequeño. No necesitamos mucho viento. El hombre rompió a reír. Apenas le quedaban dientes en la boca. Después, echó mano del dinero que le estaba mostrando Sanna. —Bueno, siempre podemos dejarnos llevar por la corriente —consintió al fin —. Ay udadme a ponerme de pie. Tengo las piernas entumecidas. Daniel lo agarró del brazo. El hombre arrojó al agua las ramas ardiendo, que se apagaron con un crujido. —Subid a bordo —les dijo—. Y sentaos en el centro. Ahí tenéis una manta. Sanna había dejado de llorar, pero dudó antes de subir al barco. —Se hundirá —auguró—. Se me llenará el cuerpo de peces que me comerán. —No va a hundirse —la tranquilizó Daniel—. Recuerda lo que llevo en el bolsillo. Sanna subió al bote con gran torpeza. —Hay agua dentro, nos hundimos. —Son solo salpicaduras —dijo el hombre—. Por ahí debe de haber un achicador. Daniel subió a bordo. En cuanto notó que empezaba a moverse sintió un gran alivio. El hombre soltó las amarras y empujó la embarcación. Luego izó la vela triangular y se colocó al timón. Muy despacio, empezaron a deslizarse sobre las aguas. De vez en cuando, un golpe de viento impulsaba la vela. —¿Nos estamos hundiendo? —preguntó Sanna. —No, y a hemos zarpado. Sanna soltó una risita y le susurró a Daniel al oído: —No le di todo el dinero. Aún me quedan dos billetes. El barco se alejaba de tierra entre el chapoteo del agua. —Me llamo Hans Höjer —se presentó el hombre que llevaba el timón—. Tengo mil años, soy pescador y sé que, si me siento junto al fuego donde me habéis visto vosotros, siempre viene alguien que o bien me hace compañía, o bien me pide que lo lleve a Copenhague. Yo adoro la libertad. A mí no me importa si son ladrones o putas o falsificadores de moneda los que quieren cruzar el estrecho. A los asesinos no los llevo, eso sí. Pero supongo que vosotros no habréis acabado con nadie. —Alguien acabó conmigo —dijo Sanna. —Bueno, no del todo —se carcajeó Hans Höjer—. Aún sigues con vida. Y entonces, el hombre murió. Daniel vio que, de repente, se llevaba la mano