EL HIJO DEL VIENTO El Hijo del Viento - Henning Mankell | Seite 213
La niña apareció, tal y como había prometido. Llevaba un pañuelo rojo
enrollado en la cabeza. En una mano aguantaba un hatillo y, en la otra, algo que
Daniel no pudo ver.
—Me he llevado todo lo que él tenía guardado —dijo al tiempo que se le
acercaba y abría la mano, llena de los mismos billetes que Padre andaba
contando a todas horas—. Todo lo que tenía —repitió Sanna—. Creía que y o no
sabía dónde guardaba el dinero. En un viejo libro de salmos, detrás de la
rinconera. Pero se lo he quitado todo.
—No creo que necesitemos ningún dinero —observó Daniel—. Sé que, en
algún lugar, nos espera un barco.
—Dinero hay que tener, si no, no llegas a ningún lado.
Emprendieron la marcha, pero se detuvieron tras dar unos pasos.
—¿Adónde vamos?
Daniel señaló con el brazo.
—Hacia el mar.
—Creo que se llama Copenhague —dijo Sanna—. Está al otro lado del agua,
es una ciudad muy grande.
Reemprendieron el camino. Sanna caminaba tan aprisa que Daniel apenas
podía seguirle el paso. Cuando empezó a toser, la niña se detuvo.
—Estás enfermo —constató—. Puede que te mueras.
Él negó con la cabeza y se secó las lágrimas cuando se le pasó la terrible tos.
—Tengo que volver a casa —insistió—. Allí me pondré bien. Y tú vendrás
conmigo.
—Yo habría preferido que me la metieras tú —confesó Sanna—. Aunque el
niño hubiese salido gris.
—Yo no puedo tener niños. Soy demasiado pequeño.
—¡Pero y o no! —gritó Sanna—. Si camino todo lo rápido que pueda, a lo
mejor se me va.
A primera hora de la tarde llegaron a una pequeña ciudad. Mientras Daniel
esperaba detrás de una caseta, a las afueras de la ciudad, Sanna fue a buscar
comida. Volvió con algo de leche, pan y un paquete de pescado seco. Después de
comer, dieron un rodeo para evitar la ciudad. Daniel notó que volvía a tener
fiebre, pero no le dijo nada a Sanna, sino que intentó seguir su ritmo, pese a que
más que andar, corría. Llegó la noche, y Sanna no quería detenerse. Daniel se
había dado cuenta de que, a menudo, se volvía a mirar atrás antes de proseguir
más rápido aún. Y comprendió que estaba muy asustada.
Por la noche se cobijaron bajo un puente. Sanna notó que Daniel estaba
caliente.
—Métete aquí —le dijo cubriéndole los hombros con su pañuelo, antes de
abrazarse fuerte a él.