EL HIJO DEL VIENTO El Hijo del Viento - Henning Mankell | Seite 210
pálida y enrojecida al mismo tiempo. El pecho se le hinchaba a cada suspiro.
Levantó la manta despacio, pues quería ver si se le había inflamado la rodilla, si
iba a morir porque él le había extraído la astilla al cuerpo de madera que colgaba
en la cruz de la iglesia. Pero sus rodillas estaban como siempre, de modo que él
no tenía nada que ver con el ganglio que le obstruía la garganta. Pese a todo, él
sabía que aquello era una advertencia. La muerte lo buscaba. Y pronto lo
hallaría.
Vanja murió dos días después. Alma fue al cobertizo a contárselo. No dejaba
de llorar. Daniel pensó que no le quedaba mucho tiempo. Si quería volver a casa,
debía hacerlo y a.
Aquella misma noche, subió a la colina. Sanna seguía sin aparecer, pero
ahora sabía que no tardaría en hacerlo.
El sábado cargaron el ataúd en una carreta para llevarlo a la iglesia. Llovía.
Alma le había dejado un plato de comida en el cobertizo. Iba vestida de negro.
Daniel extendió el brazo y le tomó la muñeca. Hacía mucho que no tenía con ella
ese gesto.
—Era tan joven… —se lamentó Alma—. Tan joven y y a está muerta.
Daniel aguardó hasta que la carreta se hubo alejado lo suficiente. Entonces se
levantó. Mientras la enterraban, él abandonaría por última vez la casa de Alma y
de Edvin. Recorrió el cobertizo y fue palmeando a las vacas una a una.
Cuando llegó a la cima de la colina, Sanna llevaba un rato esperándolo.