EL HIJO DEL VIENTO El Hijo del Viento - Henning Mankell | Seite 203
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Daniel pasó en la cama el resto de aquel invierno, que en Escania fue frío y
cargado de tormentas. Ignoraba qué había ocurrido después de que él se arrojase
por la borda. Cuando despertó, se hallaba de nuevo en su cama, en la cocina.
Alma estaba a su lado, sentada en una silla. Él la miró y la mujer se alegró al ver
que abría los ojos. Llamó a Edvin, que llegó corriendo, pero cuando las dos
muchachas y el joven manifestaron su deseo de entrar también a verlo, ella los
espantó airada. Edvin le acarició la mejilla meneando la cabeza. Daniel notaba
que tenía fiebre y que el corazón le latía como si hubiese estado corriendo en
sueños.
Después empezó a toser. Edvin dio un paso atrás. Alma, en cambio, hizo todo
lo contrario. Se inclinó sobre el pequeño y le acomodó el almohadón.
Luego, una vez que Alma le hubo explicado lo sucedido, comprendió que
llevaba muchas horas durmiendo. Ella le sostuvo un espejo para que viese de
dónde procedía el dolor que sentía. Entonces observó que tenía grandes heridas
en la cabeza y en la nariz, aún sin curar.
—Te golpeaste contra un bloque de hielo —explicó Alma—. Te hiciste un
corte en la cara, pero no te hundiste. Y le doy gracias a Dios por ello, cada
mañana y cada noche.
Daniel y acía en la cama. Intentaba rememorar lo sucedido y se preguntaba
adónde habrían ido a parar todos los sueños.
Pero no recordaba nada. Lo último que vio fueron las negras aguas
acercándosele como la boca abierta de un depredador.
Durante los meses que pasó en la cama, no pronunció una palabra. El mozo
se había trasladado a una habitación que, a toda prisa, acondicionaron en el
cobertizo. Alma colocó un par de biombos ante la cama de las muchachas. Pese
a su prohibición expresa, ellas solían mirar por la rendija que quedaba entre los
biombos. Pero a Daniel no le importaba. Él se dedicaba a escuchar a su corazón,
que aún huía. Aunque sus piernas se habían detenido, su corazón seguía