EL HIJO DEL VIENTO El Hijo del Viento - Henning Mankell | 页面 200
Daniel extendió la suy a y obedeció.
—Sí, eres real —concluy ó el hombre—. Y estás frío. Tienes frío. ¿Dices que
te llamas Daniel?
—Y creo en Dios.
—Eso es menos importante. Pero debes comprender que me pregunte de
dónde has salido. Y cómo has llegado hasta aquí, a mi camarote, en pleno
invierno.
El hombre se sentó en el borde del catre y le cubrió a Daniel las piernas con
la manta.
—Me llamo Ly stedt —se presentó—. Este barco es mío. Se llama Elin av
Brantevik. — Ahí se interrumpió y acercó el candil al borde de la cama—. Quizá
no sepas dónde te encuentras, ¿verdad?
—No.
—Pero has llegado aquí desde algún sitio.
—De la casa de Alma y Edvin.
—¿Alma y Edvin? ¿Tienen apellido? ¿Dónde viven?
Daniel pensó que y a había dicho demasiado. Aunque el hombre del párpado
colgando no fuese peligroso, podía ser de la opinión de que Alma y Edvin debían
ir a buscarlo.
El hombre esperaba. Tenía los ojos castaños y la frente surcada de profundas
arrugas.
—No quieres decir de dónde vienes, ¿no es eso? Y, según tú, vas de vuelta a
casa. Lo cual solo puede significar una cosa: que te has dado a la fuga. Pero
¿cuánto llevas caminando con este tiempo?
—Dos noches.
—¿Dónde has dormido?
—Entre animales.
—Y vas de camino a casa, pero ¿dónde está tu casa?
—Es lo que llaman desierto. —Daniel recordó lo que Padre solía decir. « El
chico viene del remoto desierto de Kalahari» —. Vengo del remoto desierto de
Kalahari.
El hombre asintió pensativo.
—En una ocasión, cuando aún era joven, navegué en un velero holandés que
se dirigía a Ciudad del Cabo. Estuvimos a punto de naufragar ante la Costa de los
Esqueletos. Recuerdo que el capitán hablaba de un desierto llamado Kalahari.
El hombre se inclinó y le subió la manta hasta la barbilla.
—¿Tienes frío?
—No.
—Y dime, ¿cómo llegaste a Suecia, pequeño? ¿Quién fue tan cruel como para
traerte aquí?
—Padre.