EL HIJO DEL VIENTO El Hijo del Viento - Henning Mankell | Page 199
cuerpos en la oscuridad, mientras el casco del barco se raspaba al chocar contra
el amarradero.
—¿Qué puedo hacer? —preguntó en un susurro.
Pero las respuestas se perdieron entre los silbidos que se filtraban por las
rendijas de los ojos de buey mal aislados, y los golpes de los cabos que
golpeaban los mástiles allá fuera.
Se tumbó y se tapó con las mantas. Despedían un olor agrio a tabaco y a
orina. Sabía que debía tomar una decisión, pero estaba agotado. Ni siquiera tenía
fuerzas para pensar en esconderse.
En sus sueños vio a Be sentada en la copa de un árbol. A su alrededor no había
ni rastro de arena, solo agua. Estaba sola allá arriba y el agua ascendía por el
tronco. De repente, vio que daba a luz a un niño en la copa del árbol. Be gritaba el
nombre de Kiko, pero nadie respondía. Daniel quería trepar por el tronco para
ay udarle, pero no podía y, al final, comprendió que era él el que estaba naciendo
mientras subía el nivel del agua. Vio a Be cortar de un mordisco el cordón
umbilical que la unía al bebé y sintió cómo se separaba de ella. El agua no
tardaría en alcanzar la copa del árbol y las olas los arrastrarían a los dos. Después
descubrió que Be tenía alas y vio cómo las desplegaba y alzaba el vuelo de las
ramas del árbol justo cuando las olas empezaban a lamerle los pies.
Se despertó con un sobresalto y cegó sus ojos el resplandor de una luz. Un
hombre lo contemplaba inclinado sobre el catre con un candil en la mano. Iba sin
afeitar y uno de los párpados le colgaba entrecerrándole el ojo.
—¡Por todos los demonios! ¿Tú quién eres?
Daniel se incorporó.
—Me llamo Daniel. Creo en Dios.
—Si estuviese borracho, habría salido huy endo de aquí. ¿Cómo es que
tenemos a un pequeño ser negro en el camarote de popa? —El hombre meneaba
la cabeza sorprendido—. Resulta que oigo que el viento arrecia, me visto para
bajar y comprobar las amarras. Algo me hace mirar en el camarote y me
encuentro a alguien en el catre.
Daniel se dio cuenta enseguida de que el hombre no era peligroso.
—Voy a mi casa —le explicó—. No me da miedo trepar por los mástiles. No
como mucho. Puedo dormir en cubierta. Con tal de que hay a algo con que
calentarme.
El hombre dejó el candil en la mesa sin quitarle la vista de encima.
—Eres negro de verdad —constató—. Un joven negro, de África. Que habla
sueco. Que come pan duro y bebe cerveza. Y luego se echa a dormir en mi
cama. Si se lo contara a alguien, pensarían que estoy loco. Y quizá lo esté.
Extendió la mano y le propuso:
—Tócame para que sienta que eres real.