EL HIJO DEL VIENTO El Hijo del Viento - Henning Mankell | Page 120
—explicó aleccionador—. Son escasas las guerras en el mundo, de modo que ni
mencione otra cantidad. Además, tengo que pagar los libros de salmos.
Se dio media vuelta y se marchó. El herrero se rezagó un poco.
—¿Cómo diablos puede alguien exhibir a una persona como si estuviese en
una feria de animales? —preguntó—. A los insectos puede uno clavarlos en un
alfiler, pero ¿a las personas? ¡Qué barbaridad!
Dicho esto, posó una de sus enormes manos sobre la cabeza de Daniel y se
fue. Hake y a había salido de la sala. El hombre del sombrero recuperó su tamaño
habitual.
—Al final, todo se ha resuelto —observó satisfecho—. Por cierto, aquí tengo
una tarjeta de visita que dejó uno de los asistentes. Dijo que se pondría en
contacto con usted mañana. Tenía una propuesta que hacerle.
—¿Una propuesta? ¿Sobre qué?
—Negocios. ¿Qué otras propuestas pueden hacerle a uno?
Padre se guardó la tarjeta de visita en el bolsillo. Los billetes le habían
mejorado el humor. Tomó el maletín de los insectos y se encaminó a la salida.
Daniel lo seguía. Salieron a las calles de la ciudad, donde y a había anochecido.
Daniel añoraba el agua. Mientras caminaba creía entrever de vez en cuando el
rostro de Kiko entre las sombras; pero no eran más que hombres cansados y
agazapados que no habían visto un antílope en su vida.
Al día siguiente, muy temprano, cuando Padre estaba afeitándose y Daniel
contemplaba la calle por la ventana, llamaron a la puerta. Padre le indicó a
Daniel que fuese a abrir. Un hombre muy obeso de piernas muy cortas entró en
la habitación. Llevaba un sobretodo de color rojo, la cabeza descubierta y un par
de polainas de distintos colores sobre los zapatos. Pese a que estaba muy gordo e
hinchado, se movía con gran agilidad. Tenía un semblante algo infantil y sin
carácter.
—Señor Bengler, supongo que le darían ay er mi tarjeta de visita.
Padre se había limpiado los restos de espuma de afeitar y tomó la tarjeta, que
tenía junto al aguamanil.
—August Wickberg, presentador —ley ó en voz alta.
A aquellas alturas, el hombre y a se había invitado a sí mismo a sentarse y
había plantado sus enormes posaderas en la única silla tapizada que había en la
habitación.
—Espero no llegar demasiado temprano.
—Cuando uno es pobre, no puede permitirse dormir demasiado.
—Desde luego. Por eso he venido.
Padre se había sentado en el borde de la cama y llamó a Daniel, que se
acomodó a su lado.
—Una hermosa pareja —comentó Wickberg—. Aunque muy dispar.