su torrente sanguíneo. Se acomodó de nuevo intentando parecer lo que su
apodo decía de él, un caballero (Ritter). Aunque la realidad era otra y por su
mente pasaba en azotar a esa pequeña descarada. — ¿Creo que ayer te
acompaño a casa Santana? — inquirió. Levantó levemente la vista del ordenador, le daba mucha rabia que le
hiciera sentir como si hubiera hecho algo mal. Su garganta se secó y no logró mantener la mirada, cosa que
él percibió y se alegró, no todo estaba perdido. Si conseguía mantener esa conexión mental podría conseguir
la anhelada entrega de la mujer. Estaba obsesionado con Liz y no pensaba dejar que escapara. —Sí, me
acompañó porque no llevaba paraguas y… —Y por qué no me llamaste a mí, preciosa— No le dejó acabar la
frase. Se pensó la contestación, sinceramente si tanto interés tenía de acompañarla por qué no la fue a
buscar. Se supone que si quiere ser su Amo se tiene que ocupar de ella, se contuvo y se mordió la lengua de
nuevo. —Yo ya estaba en la salida, me llevó a casa y ya está—. Exclamó escuetamente. Tenía claro que se
equivocaba no poniendo a Björn en su sitio. Le tenía un respeto que más que eso rozaba el temor. No sabía
cómo salir de la posesión que ejercía en ella y él lo sabía observando sus respuestas y disfrutaba viendo
como la había captado. Si nadie le abría los ojos, sería suya. La sacaría de la luz para arrastrarla a la
oscuridad. Cuando una entrega para un Amo debe de ser luz. Guardó su sonrisa maliciosa, engañándola con
una más amable, ella forzó la suya para devolvérsela. Hoy no se sentía cómoda en su compañía. Algo no le
acababa de cuadrar en sus formas. Pero aunque esa parte de su cerebro estaba alerta la otra se lo negaba.
Era una lucha constante. —No pasa nada, pequeña. Pero la próxima vez prefiero que me avises— Ahí estaba,
una especie de orden u obligación cuando aún no era su sumisa. Podía sentir como la presionaba. Como le
cerraba puertas dejando solo una única opción en su vida, él. —De acuerdo—Respondió con desgana. —Me
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