El Desván BDSM El Desván n.12 - febrero 19 | Page 35
«¿Me permites?», a lo que KARL respondió que sí, que por supuesto. Roberto me miró y con un cierto disimulo,
dado que seguíamos estando en un sitio público, acercó su mano hasta posarla en mi muslo, pero sobre la falda.
De una manera inconsciente di un pequeño respingo, cosa que complacía a mi Amo, a tenor de la mirada que me
dedicó.
Estaba muy tensa pues no sabía qué más iba a hacer Roberto. Él optó por permanecer así unos instantes hasta
verme más calmada y luego introdujo su mano por debajo de mi falda y la dejó sobre mi rodilla y continuaron la
conversación. Yo evidentemente para entonces, estaba muda del todo. Por un lado hubiese querido levantarme e
irme; por otro, todo aquello formaba parte de algunas de esas fantasías que todos los sumisos tenemos y que,
probablemente, podría hacer realidad ese día. Trataba de convencerme a mí misma de que lo peor ya lo había
pasado. Roberto sabía que yo era la sumisa de KARL, y esta vez sin antifaces que ocultasen parcialmente mi
rostro; lo demás poco importaba ya, la asunción pública de mi condición se había consumado. Una vez tuve clara
esta idea, me fue mucho más fácil seguir. Me di cuenta de que ni siquiera era importante saber si Roberto iba a
venir o no al hotel, lo difícil había sido aceptarme como perra de KARL ante alguien. Por fin, mi Señor pidió la
cuenta.
Salimos del restaurante. La leve brisa de la tarde se colaba en mi falda confirmando mi desnudez. Me encantaba
sentirme así, aparentemente libre de ataduras y más atada que nunca por ese lazo invisible que habíamos
trenzado KARL y yo. Paramos un taxi. Y allí me encontré de vuelta al hotel en medio de esos dos hombres. Notaba
el roce de sus respectivos muslos con los míos mientras, a medida que nos acercábamos a destino, mi corazón se
aceleraba. Observé cómo el taxista nos miraba a través del retrovisor. Sus ojos delataban que algo extraño había
35