Número 4 / Mayo de 2013
Infierno Andino
…. Diabladas de Píllaro
I
Se han invisibilizado unas cuantas flores sin olor, enormes frutos sin sabor y aquellos que alimentan el sentido con ellos. Un hombre con una máscara parecida a la de Luzbel, grita desde el páramo una tonada sórdida, inefables danzas y colores se desbordan. Apostatas informales vestidos de Raymi [ 1 ], invaden la plaza, convertida en el infierno andino, orquestada en la sincronía de una banda que irrumpe el erial con melodías festivas: Albazos, San Juanitos, Huainos [ 2 ], subvierten alborozos, al averno impuesto por patronos. Y a la ciudad que invade la frontera con el cielo; Cordillera de los Andes, aquel Aya [ 3 ], se libera, en ese instante con su baile. Divide con otros Ayakuna [ 4 ], su pobreza impuesta, entiende que esa fiesta, no es su fiesta. Mira a su Patrón, como observando siglos, con escozor. Nunca compartir, ni siquiera sus aires. Eso sí, con lo acumulado financiar los bailes, para luego loarlos, desde un bohío, una tola, un pukara [ 5 ], una terraza y en el presente desde un suntuoso balcón. El aplauso siempre cae, viaja; aires de nuevas conquistas, navegando por el aire de la folclórica plaza. Silbido del páramo, que cada segundo, reaparece solitario.
II
Siempre hay diablos elegantes, dice el poeta, yo aprendí lo mismo, mientras lo pienso, pasa uno por delante; dos, mil, miles de infernales danzantes. No necesariamente rojos, tienen colores por borbotones, parecidos a las sabanas tejidas en las montañas, arropos ancestrales; ponchos de glaucos vegetales. Algún hombre se resiste en el silencio, en una estoica cruzada de siglos, a entender, que la pachamama [ 6 ] tiene nombre y precio.
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