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Dos Años de Vacaciones
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sus compañeros podían formarse una idea exacta de
ello. En vano quisieron maniobrar para llevar al yate
a los parajes neo-zelandeses; faltábanles los
conocimientos necesarios para modificar su marcha,
y carecían de la fuerza suficiente para colocar las
velas.
En esas críticas circunstancias, Briant,
desplegando una energía muy superior a su edad,
empezó a tomar ascendiente sobre sus compañeros;
ascendiente que sufrió Doniphan como los demás.
Y la verdad es que si ayudado por Mokó no llegó a
conseguir que el yate tomara rumbo al Oeste,
empleó al menos lo poco que sabía para mantenerla
en condiciones de navegación. Olvidado de sí
mismo, velaba noche y día, y sus miradas recorrían
sin cesar el espacio buscando la salvación, sin dejar
de echar al mar algunas botellas encerrando un
documento relativo al Sloughi, que, aunque débil
recurso, sin duda no quiso descuidar por si daba
resultado.
Los vientos del Oeste empujaban siempre al yate
a través del Pacífico, sin que fuera posible arreglar su
marcha ni disminuir su velocidad.
Ya saben nuestros lectores lo que sucedió.
Algunos días después que el schooner salió del golfo
Hauraki, se levantó una recia tempestad, que durante
dos semanas aumentó extraordinariamente en
ímpetu y dio por efecto que, asaltada la goleta por
olas monstruosas y expuesta al peligro de
destrozaras muchas veces si no hubiera estado
sólidamente construida, encalló en una tierra
desconocida del Pacífico.
Y ahora, ¿cuál sería la suerte de aquellos
colegiales náufragos, a mil ochocientas leguas de
Nueva Zelandia? ¿Por dónde les llegarían los
socorros de que tanto habían menester? Porque sus
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