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Dos Años de Vacaciones
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compañeros no podían ya esperar ningún socorro de
tierra. En el caso de que algún buque saliera del
puerto a buscarlos, muchas horas tenían que pasar
antes de que fuesen encontrados, admitiendo que
pudiesen ver al schooner en medio de aquella
oscuridad tan profunda. Y aun de día, ¿sería posible
divisar un buque tan pequeño en alta mar? En
cuanto a salvarse, entregados a sus propias fuerzas,
¿cómo podrían hacerlo? Si el viento no cambiaba,
tendrían que renunciar a volver a tierra.
Quedábales, es verdad, la esperanza de encontrar
algún buque con rumbo a alguno de los puertos de
Nueva Zelandia; y previendo esta eventualidad,
Mokó se apresuró a izar un farol en la punta del palo
de mesana, hasta el amanecer.
Hecho esto, y como los infantiles viajeros no se
habían despertado por el ruido de las maniobras, los
mayores convinieron en dejarlos dormir, porque su
espanto no hubiera producido más que desorden a
bordo.
Varias tentativas se hicieron para dar la proa del
Sloughi al viento; pero fueron inútiles, porque la
goleta se volvía en seguida, corriendo hacia el Este.
De repente, divisaron una luz a distancia de tres
millas. Esta luz, blanca y colocada en el extremo de
un mástil, era el distintivo de los steamers en marcha.
Bien pronto se distinguieron también las luces de los
costados, encarnada y verde; y como ambas
aparecían visibles a la vez, era de suponer que dicho
steamer se dirigía en línea recta sobre el yate.
Nuestros pobres muchachos gritaron en vano; el
ruido de las olas, el silbido del vapor al salir por los
tubos de escape, y el viento, más violento cada vez,
todo contribuía a que las voces de los niños se
perdieran en el espacio.
Pero si los marineros de cuarto no podían oírlos,
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