Évelin estaba en clase de matemáticas mirando por la ventana, pensando en cómo iba a transcurrir la siguiente clase: educación física. Ella sabía que iba a ser lo mismo de todos los jueves: unas pocas vueltas a la pista, quince flexiones con las rodillas y veinte abdominales y, luego, un partido de voleibol. Eso para las chicas.
Ella estaba harta de que en su clase no se pusiese un poco de entusiasmo por parte de las chicas, quería hacer el deporte al igual que los chicos. Evelin solía decirse a sí misma que sus compañeras eran unas blandas.
Lo único que las separaban de la amistad era el deporte.
Sonó el timbre, se dispuso a hablar con el profesor de educación física para decirle que ella quería hacer deporte como los chicos.
Evelin bajó corriendo las escaleras hacia el despacho de profesores, tocó a la puerta, la abrió de golpe, los profesores que estaban allí arquearon la cabeza alarmados, preguntó por Pablo, el profesor al que buscaba con tanto ahínco que, efectivamente, estaba allí:
-Pablo ¿puedes venir un momento, por favor?... necesito que hablemos. Pablo, que era muy cariñoso, le respondió:
-Claro mi amor, espérame en el despacho de entrevistas, ahora mismo estoy contigo.
Evelin estaba pensando en qué le iba a decir, tenía que ser lo más directa posible. Pablo subió por las escaleras, abrió la puerta del despacho y la invitó a pasar. Cerró la puerta y le pidío que se sentara:
-¿Qué problema tienes ahora cariño?
-Mira, Pablo, yo quiero hacer deporte igual que los chicos, con mis diez minutos de carrera contínua, mis tres series de quince flexiones, mis tres series de abdominales, todo igual. Estoy dispuesta a hacerlo todo.
-Sabes muy bien Évelin que yo lo hago por vosotras. Mi programación está hecha, además es malo que de repente, asi de golpe, fuerces los músculos.
Evelin