Rèquiem Amoris
Y entonces estabas allí, balanceándote hacia adelante y hacia atrás, una y
otra y otra vez, aunque te dolían las piernas de estar ahí sentado durante
horas, aunque tu corazón estaba acelerado por el esfuerzo que estabas
haciendo, aunque te dolían las manos de sostener las cadenas, pero solo
querías poder seguir admirando el cielo, seguir sintiendo que podías tocarlo
con la palma de tu mano, que podías comértelo de un solo bocado. Y allí te
diste cuenta, que eres pequeño.
Cuando abrí los ojos, estaba recostada en una cama un poco ancha, con
unas sábanas blancas y muy suaves al tacto; me parecía algo extraño, no
recordaba cómo había llegado allí pero de igual modo me senté y restregué
mis ojos para desperezarme un poco, mire mis pies, tenía unas medias grises,
eran las que me había puesto el día anterior, tenía una cobija delgada
cubriéndome un poco las piernas, la tomé de la punta y la acerqué a mi nariz,
su olor era muy peculiar, ya lo había olido en algún lado, pero ¿Dónde?
Al cabo de unos segundos escuché un sonido, era como una puerta
abriéndose; no me había percatado de que estaba en un cuarto; en la parte
de atrás de la cama había una gran ventana, era un día soleado, casi no podía
ver a través ella, al lado de la cama había una mesa con un computador y en
la otra esquina había un armario, la cual estaba junto a la puerta cerrada.
Mi corazón se aceleró por unos segundos, sentía que en cualquier momento
alguien entraría por esa puerta, así que estuve a la expectativa.
Como había predicho, la perilla giró lentamente y la puerta se abrió, era mi
novio el que había entrado en el cuarto; su cabello estaba un poco
desordenado y mojado, estaba descalzo, no llevaba camisa y tenía un