Diario de séptimo Volumen 2. Edición , Agosto 2018 | Page 9

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Nací en Saladas, Provincia de Corrientes, a fines del siglo XVIII. Soy hijo de José Jacinto Cabral y Soto, y de Carmen Robledo.

Me incorporé a un contingente reclutado en 1812 por el gobernador intendente de Corrientes, Toribio Luzuriaga. Enviado este contingente a Buenos Aires, realicé el viaje en una embarcación fluvial. Fui destinado al Regimiento de Granaderos a Caballo, al cual me incorporé en noviembre de 1812.

Estaba ansioso de conocer al general José de San Martín, quería comprobar si todas las cosas que me habían contado de él eran ciertas, como que es un gran estratega, inteligente, organizado y estricto. También me dijeron que es un apasionado del ajedrez, yo también algo sé pero no creo superarlo, mi conocimiento es básico.

Cuando llegó el momento de conocerlo, me quede impactado, no me esperaba que fuese así: Su boca era pequeña, con una dentadura blanca y pareja; lo más pronunciado de su rostro eran unas cejas arqueadas, renegridas y bien pobladas; su color, moreno, tostado por las intemperies; nariz aguileña, grande y curva; ojos negros grandes y pestañas largas; su mirada era vivísima; ni un solo momento estaban quietos aquellos ojos, era una vibración continua la de aquella vista de águila y recorría lo que le rodeaba con la velocidad del rayo, hacía un rápido examen de las personas, sin que se le escaparan aún los detalles más pequeños. Este conjunto era armonizado por cierto aire risueño, que le captaba muchas simpatías. El grueso de su cuerpo era proporcional a su estatura, y además muy derecho, de pecho saliente; era un hombre robusto. Su cabeza no era grande, más bien era pequeña, pero bien formada; sus orejas medianas, redondas y asentadas a la cabeza; esta figura se descubría por entero por el poco pelo que usaba, negro, lacio, corto y peinado a la izquierda. Bastante diferente a lo que yo imaginaba. Y por las pocas palabras que intercambiaba con nosotros, se podría decir que daba gusto hablar con él, aunque a veces era algo estricto, como ya me habían comentado. Sabía bastante de política y era muy cordial. Poco a poco se fue ganando nuestra confianza. Él imponía respeto.

Los godos realizaron una expedición compuesta de once embarcaciones, que había salido de Montevideo, fue seguida paralelamente por tierra por el coronel Don José de San Martín al frente de 125 hombres.

Los realistas desembarcaron y avanzaron hacia el convento, suponiendo que allá estaban depositados los principales bienes de la zona. Pero para su sorpresa, fueron atacados por nosotros, los granaderos a caballo y sable en mano. El ataque de nuestras tropas se realizó con un movimiento de pinzas saliendo de la parte trasera del convento, una de ellas, la de la izquierda y la primera en moverse, estaba encabezada por el valiente coronel; la otra estaba encabezada por el capitán Justo Germán Bermúdez, quien estaba secundado por el joven teniente porteño Manuel Díaz Vélez. Bermúdez ejecutó un rodeo muy grande, forzando la escapatoria de los españoles hacia sus buques.

Por un momento, los españoles lograron defenderse pero San Martín valientemente, al frente del escuadrón, los embestía a los realistas en primera línea. Su caballo recibió un tiro en el pecho de los cañones a corta distancia y cayó mortalmente herido aprisionando al general bajo su peso. Alrededor de él, caído tan cerca del frente realista, se luchaba entusiasmadamente entre los que queríamos salvar a San Martín y los realistas que pretendían asesinarlo o capturarlo. Un soldado realista, viendo al jefe en situación crítica se adelantó a sus líneas y le tiró un sablazo, esquivado por el general con un movimiento de cabeza, recibiendo una herida en la mejilla. Además, otro soldado enemigo se dispuso a matarlo con su bayoneta; la situación del libertador era de sumo peligro para su vida. En auxilio al jefe, apareció repentinamente mi compañero, el granadero Juan Bautista Baigorria, que al galope y con su lanza acabó con la amenaza que recaía sobre el Salvador. Al mismo tiempo yo, pie en tierra, le ayude a liberarse del peso del que le aplastaba la pierna derecha. Y en cuanto vi mi muerte acercarse dije “muero contento general, hemos batido al enemigo”.