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correspondientes radiotransmisoras, las cuales fueron ocupadas con gran sigilo para que no
sospecharan nada los puestos-escucha de la URSS. De esta manera las transmisoras pu-
dieron ser temporalmente utilizadas para enviar informes falsos a los soviéticos, como si los
remitieran los espías rojos, ya capturados.
Entretanto —no repuesta aún del extraordinario desgaste padecido el año anterior— la
aviación alemana se vio en 1942 gravemente amenazada por las crecientes fuerzas aéreas
de Churchill y Roosevélt. El nuevo año trajo, sin embargo, un nuevo aparato: el Foke Wulf
190 con motor enfriado por aire, de 14 cilindros y de 1,875 caballos de fuerza, capaz de
volar a 680 kilómetros por hora. En diez minutos remontaba 8,000 metros. Sus 4 cañones
de 2 centímetros de diámetro de tiro rápido, y sus dos ametralladoras pesadas de 13
milímetros superaban el poder de fuego del caza inglés "Spitfire IX". También era superior
a éste en velocidad de ascenso y picada.
Asimismo la técnica de las defensas antiaéreas había mejorado. Ya para abril de 1942
el radar alemán captaba los aviones enemigos desde que se aproximaban a Alemania, de tal
manera que había bastante tiempo para acosarlos antes de que llegaran a sus metas. El
radar inglés no le iba a la zaga, pues desde la costa británica podía seguir a los aviones
alemanes que volaban sobre París.
En los "centros de información y control" alemanes, sobre una pantalla de vidrio
opalino de 10 metros de largo, se seguía el vuelo de los aviones enemigos y propios, tan
sólo con una diferencia de sesenta segundos. Esa representación aérea se integraba
eléctricamente gracias a las instalaciones de radar, a los puestos radiogoniométricos, a los
puestos de escucha, a los aviones de observación y a los propios cazas combatientes. Mil
peritos trabajaban en cada uno de estos "cerebros" que eran el sistema más moderno del
mundo para controlar operaciones aéreas.
Un nuevo dispositivo de defensa antiaérea determinaba la distancia y posición de
cualquier aparato que se aproximara, lo cual hacía cada vez más difíciles los ataques
británicos. La Real Fuerza Aérea necesitaba averiguar urgentemente cómo funcionaba la
defensa alemana. Y un día un comando inglés desembarcó en la costa francesa, fue derecho
hacia donde se hallaba uno de los secretos dispositivos alemanes de defensa y capturó
valiosos datos para que Inglaterra pudiera reorganizar sus ataques.
Heydrich, de los servicios secretos de la Gestapo, tuvo sospechas de una traición y de
que andaba de por medio la mano de su colega el Almirante Canaris, jefe del servicio
secreto militar. Primero casi intuitivamente, y después con base en una serie de pequeños
detalles extraños que había observado, Heydrich suponía que Canaris era traidor desde
1939, pero como carecía de pruebas quiso observarlo un tiempo más.
Sensible y astuto como pocos traidores de la historia, Canaris advirtió que Heydrich
recelaba de él y trató de ganarse su confianza, pero no lo consiguió. Heydrich (de quien
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