culdbura 11 Culdbura 11 | Page 57

fuero interno y la pulsera de la muñeca derecha deambulaba con un tictac de vida derro- chada. Arrugó el paquete de tabaco y lo tiró al suelo con enojo de soberana traicionada por- que los euros, esfumados en el laberinto de los espejismos, azuzaban la vehemencia de las consecuencias. Luego introdujo la mano en el bolso en busca de algo que apaciguara la ba- lumba del nerviosismo, pero solo halló el refugio de la libreta con los ceros esquilmados. Pon otra y cámbiame, y el penúltimo billete revoloteó en manos del camarero hasta sumirse en la caja registradora, la decepción calcada en el estampado de la falda, la silueta de cuarenta años definida por una hermosura aún digna. Bebió la cerveza zambullida en una tranquilidad simulada y miró la calle a través de la ventana con ojos de maltrecha indiferencia. Los transeúntes se apresuraban detrás del tren de las obligaciones cotidianas mientras las suyas se desvanecían en medio de un vaivén de remordimientos. La paga del mes, estafada en un santiamén de negligencia, le atizaba las tripas con espasmos de sofoco. Pensó en su marido, en la mirada de hombre vencido por el titán de las adversidades y en la barbilla afilada esperando, antes de la comida, las noticias del telediario. Gritaría a los cuatro vientos desde el trono de las mentirijillas y le escupiría una sarta de verdades barnizadas por la resina de los reproches. Además exigiría que pusiera las palmas hacia arriba y las yemas, sucias por el roce porfiado de las monedas, delatarían la expresión imperdonable del pecado. A pesar de todo, Mónica concentró la atención de nuevo en la máquina y, sin inmutarse, se tragó el fragor de las cincuenta monedas en la ra- nura. Cóbrate todo, y alargó el último billete de cincuenta para abonar las consumiciones, el matiz del semblante apagado como pábilo de vela muerta, el embrollo del futuro inextrica- ble. Después amagó con enfilar la puerta de una vez por todas, pero volvió a asentarse de- lante del imán ineluctable de la tragaperras. Los euros sobrantes fueron cayendo por la ra- nura con un sonido chusco de demolición y el frenesí de la fortuna, arisco, dibujó las frutas con fogonazos de golosina amorfa. Al cabo metió los dedos en el monedero y, tras palpar el hueco descomunal del caudal, se avergonzó con la nada peripatética del presente. En ese instante no supo qué hacer. Se quedó quieta como una estatua de alabastro, la belleza to- davía calificada con un notable alto por la rijosidad de los machos, la conducta carcomida por las termitas de la desazón. Al menos se sabía vigilada, analizada con habilidad de fo- rense, taladrada por el pensamiento venéreo del hombre del bigote que seguía alerta por si las moscas. Nunca se había portado con arterías de pelandusca, pero precisaba algo de di- nero para regresar al hogar y blandirlo delante de su marido. El asco se escabulló del entorno en un periquete de estrella fugaz y, sorprendida de sí misma, miró a los presentes con un gesto de tigresa asilvestrada. Me voy a casa, y el camarero musitó un adiós trufado de complejidades, el apego de la infancia ahogado en el remolino de los lustros, el turno de ocho horas alelado. Salió del bar con un anadeo grandilocuente de focha y se plantó en el escaparate co- lindante de una tienda de fruslerías. Allí, ofreciendo la rabadilla al mejor postor, aguardó el advenimiento de un mesías que salvara el delirio de los números rojos. El hombre del bigote surgió con visaje de proxeneta avezado, pujante, atenazado en el tormento de la verija. Se miraron sin hablarse y se fueron juntos hacia el portal de Mónica. Comportándose igual que un matrimonio mal avenido tras una discusión de órdago, entraron en el ascensor sigilosos como culebras, custodiados por los parpadeos de tugurio de los dígitos de los pisos. El hom- bre se palpó la bragueta de forma ostentosa y atemperó la frialdad con el pececillo de la lengua asomado a la boca. Subieron hasta la última planta y avanzaron hasta la zona de los trasteros por un pasillo poco iluminado. Ella abrió la puerta del suyo y, sin mediar palabra, entraron en un reino de penumbras regaladas por una claraboya circular. Date la vuelta, y él la manoseó sin reparo con afán de martillo pilón, el ensamblaje de los gemidos mudo, el apremio de la coyunda vertiginoso. La cubrición se ejecutó con ademanes de toro encelado y el orgasmo se agigantó con el eco de los cachivaches amontonados por doquier. El hombre, una vez saciado, se apartó