fuero interno y la pulsera de la muñeca derecha deambulaba con un tictac de vida derro-
chada. Arrugó el paquete de tabaco y lo tiró al suelo con enojo de soberana traicionada por-
que los euros, esfumados en el laberinto de los espejismos, azuzaban la vehemencia de las
consecuencias. Luego introdujo la mano en el bolso en busca de algo que apaciguara la ba-
lumba del nerviosismo, pero solo halló el refugio de la libreta con los ceros esquilmados.
Pon otra y cámbiame, y el penúltimo billete revoloteó en manos del camarero hasta
sumirse en la caja registradora, la decepción calcada en el estampado de la falda, la silueta
de cuarenta años definida por una hermosura aún digna.
Bebió la cerveza zambullida en una tranquilidad simulada y miró la calle a través de la
ventana con ojos de maltrecha indiferencia. Los transeúntes se apresuraban detrás del tren
de las obligaciones cotidianas mientras las suyas se desvanecían en medio de un vaivén de
remordimientos. La paga del mes, estafada en un santiamén de negligencia, le atizaba las
tripas con espasmos de sofoco. Pensó en su marido, en la mirada de hombre vencido por el
titán de las adversidades y en la barbilla afilada esperando, antes de la comida, las noticias
del telediario. Gritaría a los cuatro vientos desde el trono de las mentirijillas y le escupiría
una sarta de verdades barnizadas por la resina de los reproches. Además exigiría que pusiera
las palmas hacia arriba y las yemas, sucias por el roce porfiado de las monedas, delatarían
la expresión imperdonable del pecado. A pesar de todo, Mónica concentró la atención de
nuevo en la máquina y, sin inmutarse, se tragó el fragor de las cincuenta monedas en la ra-
nura.
Cóbrate todo, y alargó el último billete de cincuenta para abonar las consumiciones, el
matiz del semblante apagado como pábilo de vela muerta, el embrollo del futuro inextrica-
ble.
Después amagó con enfilar la puerta de una vez por todas, pero volvió a asentarse de-
lante del imán ineluctable de la tragaperras. Los euros sobrantes fueron cayendo por la ra-
nura con un sonido chusco de demolición y el frenesí de la fortuna, arisco, dibujó las frutas
con fogonazos de golosina amorfa. Al cabo metió los dedos en el monedero y, tras palpar el
hueco descomunal del caudal, se avergonzó con la nada peripatética del presente. En ese
instante no supo qué hacer. Se quedó quieta como una estatua de alabastro, la belleza to-
davía calificada con un notable alto por la rijosidad de los machos, la conducta carcomida
por las termitas de la desazón. Al menos se sabía vigilada, analizada con habilidad de fo-
rense, taladrada por el pensamiento venéreo del hombre del bigote que seguía alerta por si
las moscas. Nunca se había portado con arterías de pelandusca, pero precisaba algo de di-
nero para regresar al hogar y blandirlo delante de su marido. El asco se escabulló del entorno
en un periquete de estrella fugaz y, sorprendida de sí misma, miró a los presentes con un
gesto de tigresa asilvestrada.
Me voy a casa, y el camarero musitó un adiós trufado de complejidades, el apego de
la infancia ahogado en el remolino de los lustros, el turno de ocho horas alelado.
Salió del bar con un anadeo grandilocuente de focha y se plantó en el escaparate co-
lindante de una tienda de fruslerías. Allí, ofreciendo la rabadilla al mejor postor, aguardó el
advenimiento de un mesías que salvara el delirio de los números rojos. El hombre del bigote
surgió con visaje de proxeneta avezado, pujante, atenazado en el tormento de la verija. Se
miraron sin hablarse y se fueron juntos hacia el portal de Mónica. Comportándose igual que
un matrimonio mal avenido tras una discusión de órdago, entraron en el ascensor sigilosos
como culebras, custodiados por los parpadeos de tugurio de los dígitos de los pisos. El hom-
bre se palpó la bragueta de forma ostentosa y atemperó la frialdad con el pececillo de la
lengua asomado a la boca. Subieron hasta la última planta y avanzaron hasta la zona de los
trasteros por un pasillo poco iluminado. Ella abrió la puerta del suyo y, sin mediar palabra,
entraron en un reino de penumbras regaladas por una claraboya circular.
Date la vuelta, y él la manoseó sin reparo con afán de martillo pilón, el ensamblaje de
los gemidos mudo, el apremio de la coyunda vertiginoso.
La cubrición se ejecutó con ademanes de toro encelado y el orgasmo se agigantó con
el eco de los cachivaches amontonados por doquier. El hombre, una vez saciado, se apartó