para solventar los problemas nutritivos de los dos. Se había quedado paralítico a causa de
un aciago accidente en la carretera, aunque le habían denegado la invalidez absoluta. La re-
tribución, irrisoria a pesar de la ringlera de años cotizados, se había enredado en los teje-
manejes esperpénticos de la burocracia. Ella carecía de ingresos porque desde el matrimonio
se había dedicado en cuerpo y alma a las interminables penalidades de ser ama de casa. En
ese momento detectó que dos ciruelas violáceas anunciaban que algo maravilloso podía ocu-
rrir y, expectante, con el adocenamiento del espíritu al máximo, alimentó la ranura con los
anhelos del índice y del pulgar. Por desgracia la alarma estalló falsa, le dibujó un acento de
incordio en la fatalidad del ceño y se emparentó con el blablablá de la televisión que se des-
parramaba por el suelo forrado de servilletas pisoteadas.
Dame otros cincuenta, y las monedas apenas le cupieron en la concavidad de las pal-
mas, los carrillos arrasados por las hordas inmisericordes del vacío, el mercado semanal de
frutas y verduras tan remoto como su primera menstruación.
Un quiste de angustia se le aposentó en los tendones del cuello y la emoción, preñada
de pavor al monstruo del fracaso, arrolló las rodillas en un tembleque de dominguillo. El es-
tómago se contagió con el torbellino de la turbación y un atisbo de arcada poderosa alardeó
en la sequedad del paladar. Pidió un botellín de agua y lo bebió con ansia de niña mientras
seguía metiendo monedas en la ranura. Pensó en su madre que vegetaba en una residencia
de ancianos de la beneficencia municipal. Los sábados solía ir a verla, pero apenas hablaban,
parecidas a una pareja de palomas aseladas en la desguarnecida cornisa de la connivencia.
El silencio se convertía entonces en un lazo entre dos mujeres que nadie hubiera dicho que
se querían. La señora, en los pocos instantes en los que se aferraba a la cordura, le pregun-
taba por la estela del devenir, por la ausencia de nietos y por el precio de una docena de
huevos. Mónica ocultaba siempre la decadencia indefectible de la existencia y se limitaba a
cabecear a la vera de su progenitora. Al final, la largura de las caras, contristada, pespun-
teaba la visita con un montón de confidencias invisibles.
Hoy no está por la labor, y dejó otro billete de cincuenta en la barra junto al asenti-
miento mudo del camarero, los recuerdos reprimidos por el tapón de la discreción, el pate-
tismo fortalecido.
El séptimo cigarrillo despidió volutas de ruina contumaz, pero Mónica permaneció en
sus trece, convencida de que antes o después llegaría el estímulo de la oportunidad. Un mo-
reno de bigote tupido, sentado en una de las mesas, la observaba por detrás evaluando las
contingencias voluminosas de su trasero. Cuando acercó la taza al mostrador, se dirigió a
ella por lo bajinis con tono de galán finisecular, y las ganas, omnipotentes en los dientes
ajados por la nicotina, le perlaron las sienes con un sudor de estibador retirado. Ella notó la
presencia de soslayo porque el ego de jugadora compulsiva, extasiado con la noria de colo-
rines que desfilaba delante de las retinas, enterraba la vida en el pozo sin fondo de la má-
quina. Hizo el amago de volverse para calibrar al hombre, con las pupilas embarazadas de
suspicacia, pero ni siquiera completó el movimiento.
Ponme una caña, y Mónica paladeó el primer buche con la valentía conmocionada, las
manecillas del reloj del local amancebadas con el mediodía, las doce campanadas de la pa-
rroquia aledaña acalladas por la urgencia del corazón.
La caricia del alcohol le inculcó un reguero de perspectivas bondadosas en el ánimo.
Jugueteó con la idea de irse, de aceptar el trallazo de la derrota y de morderse los padrastros
que asomaban encarnados en el confín de las cutículas. Pero los pies, alzados en unas san-
dalias de tacón, no se desplazaron un ápice de la baldosa donde acontecía el frufrú del de-
sastre. No podía apartar la vista de la máquina. Se quitó las gafas de montura filiforme,
pasó un paño por los cristales con delicadeza y enfundó la miopía en un resquemor contra
el tedio. Entonces visualizó las latas de conserva apiñadas en una alacena del hogar que lle-
vaba sin limpiar desde el año de la polca. Pensó en abrir un bote de fabada para la comida
y toqueteó otro billete antes de depositarlo en la barra. Necesitaba escuchar el chisporroteo
de las monedas en el recipiente negro de abajo, aunque al mismo tiempo el porvenir crujiera
aparatoso delante del armazón de la desdicha. La paranoia del azar se enemistaba con su