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Desarrollo:
Cada uno de los niños y niñas escribe en un papel una anécdota de alguna situación cotidiana
en la que haya llorado y lo coloca en una bolsa. En otro papel escribe cómo se solucionó esa
situación y lo deposita en otra bolsa.
Luego se juntan en grupos pequeños y un representante saca al azar una situación y una
solución (es muy probable que no se relacionen). A continuación, cada grupo escribe una
historia que trate de unir esa anécdota y esa solución. Se puede proponer la intervención de
superhéroes o personajes con poderes para ayudar.
Una vez realizada esta historia, se comparte y reflexiona grupalmente respecto a lo que
sintieron y pensaron acerca de los malestares cotidianos y los modos de solución que
encontraron.
Se
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proponen algunas preguntas que pueden orientar la reflexión:
¿En qué momentos necesitamos llorar?
¿Está mal llorar?
¿Qué no nos ayuda cuando lloramos?
¿Qué nos pasa cuando vemos a otro llorar?
¿Qué se les ocurre que nos puede ayudar cuando lloramos?
¿Qué pueden hacer nuestros compañeros, nuestra familia, los maestros cuando lloramos?
Pistas para quien coordina:
Muchas veces, la respuesta de los adultos frente a los requerimientos de niños, niñas y
adolescentes es el ofrecimiento de un objeto cuyo consumo opera “resolviendo” por un
tiempo una determinada situación. Una golosina, un juguete, la leche, la comida, la ropa, la
tecnología pueden ser objetos usados para esa resolución.
La “lógica del tapar” enseña al niño o adolescente que ante el malestar hay una solución
instantánea, que el deseo se satisface inmediatamente, que consumiendo se solucionan
problemas. Se niega así la posibilidad de percibir qué está pasando con su malestar, hacerle
un lugar como parte de lo humano. Asimismo, cuando un adulto utiliza como “premio” un
objeto de consumo, le está mostrando al niño o adolescente que la valoración de una actitud
positiva se realiza consumiendo, o a través de un placer asociado a un consumo. Esto no
implica que no sea válido de vez en cuando ofrecer algo para calmar un malestar o para
premiar una actitud, el problema es si no encontramos otras opciones, si en el repertorio
de posibilidades sólo se presenta esto. A veces un abrazo, una caricia, acompañar un llanto,
tolerar el disenso, provocar el diálogo, alojar la discusión y el intercambio son respuestas
necesarias ante el malestar.
Esto evita hacer las preguntas necesarias para comprender la situación, para indagar qué
hay en juego. Al mismo tiempo imposibilita el aprendizaje y la creación de una zona de tole-
rancia, de espera y de frustración necesarias para afrontar la vida. La posibilidad de postergar
la satisfacción invita al niño a elaborar otras herramientas que le servirán en un futuro.
Asimismo en el caso de los adolescentes, es fundamental la posibilidad de detenerse, de
hacerle lugar al diálogo y la reflexión, como también la confrontación con adultos que
puedan sostenerse en el lugar de referentes desde la palabra y la escucha.
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