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compra y de consumo, “conforman el ‘ecosistema’ en el que los niños nacen y se desarrollan.
Un ‘hábitat’ que, precisamente por su cotidianeidad, se vuelve con frecuencia invisible tanto
a los ojos de las criaturas, los padres, como de los educadores que –de un modo u otro– se
nutren de él y lo nutren. Un hábitat desde el cual comienzan a configurarse las identidades
infantiles urbanas” 27 . Así, a la par del sistema educativo y las familias –y, muchas veces,
llevando la delantera– el mercado se ofrece como nuevo agente de socialización a partir de
los medios de comunicación.
Al tiempo que los niños y adolescentes son incitados a vivir en un mundo de consumo propio
con sus propios códigos, los adultos quedan muchas veces por fuera, ignorantes de ese
mundo pero obligados a ejercer el rol de proveedores, en tanto “muestra de amor”, dificul-
tando la necesaria asimetría y el acompañamiento de los usos y consumos. La tradicional
autoridad parental, que se afirma en la toma de decisiones adultas sobre los niños, queda
debilitada por las propuestas de consumo de los medios y de la oferta mercantil, que tienden
a verse como algo inevitable.
Nos proponemos pensar posibilidades dentro de las condiciones y con los recursos que hoy
se cuentan, para no caer en ninguno de los dos extremos: ni idealizar ni demonizar las tec-
nologías. Una tarea posible es constituirnos como adultos en “mediadores mediáticos” de
los niños, esto es, acompañar a usar los medios como una herramienta para crear, conectar y
aprender creativamente, pero partiendo de prácticas de cuidado, construyendo acuerdos de
cómo usarlos y herramientas para saber cuándo es necesario pedir ayuda. Así como regular
el tiempo del consumo mediático para evitar que se renuncie a la actividad física, a la
exploración práctica y la interacción cara a cara en el mundo real, que es de suma impor-
tancia para el aprendizaje.
A la vez que la mercantilización de las relaciones sociales junta personas que se identifican
entre sí por gustos y afinidades de consumo, también deteriora lazos sociales basados en
sentidos de vida compartidos, en proyectos, en ideales comunes. En nuestra sociedad, algo
se hace viable cuando es económicamente viable, algo es valioso cuando es rentable. Estos
valores pueden imprimirse en la subjetividad desde muy temprana edad, produciendo niños
egoístas con dificultades para compartir, con menor fecundidad en el juego y en la interac-
ción con pares, y con menores posibilidades para crear a futuro proyectos colectivos que
enriquezcan y amplíen su vida afectiva, abriendo camino al aislamiento y la soledad, base
fértil para posibles consumos problemáticos. Es fundamental cuestionar lo que es valorado
socialmente, para producir entre todos nuevas formas de reconocernos y vincularnos de
formas cuidadosas y solidarias.
Para seguir pensando:
Una cultura de cuidado, de cariño, de respeto, propone la valoración de la vida, la salud, el
cuerpo, el autocuidado y el cuidado de los otros. Se trata de un enfoque que busca fortalecer
el entramado social y la construcción colectiva. Pensar con una lógica de cuidado implica dar
lugar a aprendizajes integrales que ayuden a crear experiencias saludables de contención,
apertura y confianza, preguntándose ¿qué hay detrás de cada consumo? y propiciando res-
puestas de apertura y no de conclusiones definitivas.Frente a la problemática del consumo,
es necesario pensar nuevas estrategias de cuidado y reforzar las existentes para acompañar
la promoción proyectos de vida significativos.
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Dotro, V., op. cit.