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A la hora de pensar la construcción de la identidad, se trata de poner a jugar ambos polos
de la tensión entre lo individual y lo colectivo. En el proceso de crecimiento, en el desarrollo
progresivo de la autonomía, la constitución de un “nosotros” como referencia de identidad
forma parte de un proceso esperable y saludable.
En la sociedad de consumo se dificulta la promoción de proyectos de vida por fuera de
la lógica de mercado. La mercantilización de las relaciones sociales produce que los lazos
solidarios se disuelvan en pos de la rivalidad y la competitividad. La competencia y el rendi-
miento como valores priorizados promueven sujetos centrados en sí mismos, que buscan su
propio éxito y autosatisfacción. Asume una importancia cada vez mayor la figura del “em-
prendedor”, alguien dispuesto a vivir permanentemente bajo la exigencia de rendimiento y
la competencia ilimitada. Este sujeto se produce a sí mismo, es su propio capital y por lo tanto,
la fuente de sus ingresos. Todo depende de él y valoriza sus experiencias en función de si
sirven o no como inversión para sí mismo, para mejorar sus capacidades y habilidades, para
estar mejor ubicado en el mercado. Todo fracaso se mide como falla personal, sin considerar
las condiciones sociales y económicas. El peso que recae sobre el sujeto es desmedido y esa
sobre exigencia lo fragiliza. Al mismo tiempo el otro se vuelve un posible enemigo, un com-
petidor, alguien que viene a obstaculizar el propio desarrollo, fragilizando los lazos sociales.
El rendimiento
“En mi casa son todos deportistas
mi abuelita juega al básquet,
mi papá practica natación,
mi hermanita juega al fútbol
mi mamá levanta pesas,
pero yo no, pero yo no,
porque estoy enamora... do”.
Luis Pescetti
Nuestra época necesita cuerpos que anden a mil, que no paren. Cuerpos que consuman, que
rindan, que sean eficaces y exitosos. Allí donde hay “fiaca”, donde hay cansancio, donde hay
ganas de no “hacer nada”, debe ofrecerse un producto que dé energía, que lo vuelva productivo,
que disponga al cuerpo como máquina rendidora que siempre puede más.
Ya desde pequeños recaen sobre muchos niños expectativas y demandas de rendimiento
por parte de las familias y la sociedad, presiones que en otras épocas aparecían de más grandes.
El niño convertido en todopoderoso es un niño al que el mundo adulto, en su dificultad para
sostener las diferencias niño-adulto, le atribuye un poder absoluto, persuadiéndolo de que
debe cumplir sin demora con todo lo esperado, y de que ese cumplimiento le traerá satis-
facciones inmediatas. “Es esta creciente incidencia de precocidad de las demandas la que
dispersa o excita cuando no aplasta o desorganiza” 25 .
El ideal imperante del “no fallar” pide que no fallen ni los estudiantes, ni los educadores, ni
los padres, ni los psicólogos, ni los orientadores. Que no haya falla, que funcione, que no se
equivoquen, que no haya problemas. Y si los hay, se demandan soluciones rápidas, mágicas,
atajos.
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Taborda, A., Leoz, G. y Dueñas G. (comps.), Paradojas que habitan las instituciones educativas en tiempo
de fluidez, San Luis, Nueva Editorial Universitaria - U.N.S.L