Todo iba bien a principios de 1920. Nos encontrábamos en nuestro edificio de París con mi querida amiga y compañera la Sra. Pourquoi. Estábamos recordando todos esos casos y misterios que habíamos pasado en nuestros años de detectives, hasta que recibimos un llamado telefónico. Al parecer era un señor llamado Albert Fort (que, hasta el momento, no sabíamos quién era) que nos llamó para ir a su casa. No sabíamos por qué, pero como el señor estaba muy preocupado, pensamos que había ocurrido un problema.
Apenas llegamos a la Av. Gutler 1609, Fort nos llevó a un cuarto y nos dijo aliviado:
- ¡Qué bueno que hayan venido! Estaba preocupado. Iba a llamar a la policía pero como sé que no resuelven los casos y hacen cualquier cosa, preferí llamarlas a ustedes.-
ambas nos miramos orgullosas por lo que había dicho.
- Bien, volvamos al caso ¿Qué ocurrió?- Preguntó con ansiedad mi compañera.
- De acuerdo. Me fui de mi casa por la mañana y cuando regresé al mediodía no encontré a mi esposa (que, por cierto, se llamaba Mary Spof). La llamaba y no me respondía, busqué en todos los lugares de la casa y no estaba. Me sentía nervioso. Me quedé un rato en nuestro cuarto hasta que se me cayó un lápiz del escritorio al pie de la cama y encontré a Mary muerta, con un revólver al lado suyo. Quedé totalmente paralizado y lo primero que hice fue llamarlas. No se lo dije ni a mis familiares.- nos contó llorando el Sr. Fort
- No se angustie señor, nosotras lo ayudaremos a saber quién es el culpable.- respondí muy segura – Por cierto, ¿Nos podría mostrar el cuerpo de su esposa?
- Por supuesto, aquí está – dijo Albert Fort guiándonos hasta la habitación.
Un caso muy particular