Cuentos de los Herm anos Grimm
EDITORIAL DIG ITAL - IMPRENTA NAC IONAL
costa rica
La pobre joven dejaba hablar a sus hermanas sin incomodarse. En cuanto al hombre de la Piel de
Oso, andaba siempre por el mundo haciendo todo el bien que podía y dando generosamente a los
pobres para que pidiesen por él.
Cuando llegó al fin el último día de los siete años, volvió al desierto y se puso en la plazuela de
árboles. Se levantó un aire muy fuerte y no tardó en presentarse el diablo de muy mal humor; dio
al soldado sus vestidos viejos y le pidió el suyo verde.
-Espera, -dijo Piel de Oso-, es preciso que me limpies antes.
El diablo se vio obligado, bien a pesar suyo, a ir a buscar agua y lavarle, peinarle el pelo y cortarle
las uñas. El joven tomó el aire de un bravo soldado mucho mejor mozo de lo que era antes.
Piel de Oso se sintió aliviado de un gran peso cuando partió el diablo sin atormentarle de ningún
otro modo. Volvió a la ciudad y se puso un magnífico vestido de terciopelo, y subiendo a un coche
tirado por cuatro caballos blancos, se hizo conducir a casa de su prometida. Nadie le conoció; el
padre le tomó por un oficial superior y le condujo al cuarto donde se hallaban sus hijas. Las dos
mayores le hicieron sentar a su lado, le sirvieron una excelente comida y declarando que no habían
visto nunca un caballero tan buen mozo. En cuanto a su prometida, estaba sentada enfrente de él
con su vestido negro, los ojos bajos y sin decir una sola palabra.
El padre le preguntó, por último, si quería casarse con alguna de sus hijas y las dos mayores
corrieron a su cuarto para vestirse, pensando cada una de ellas que sería la preferida.
El forastero se quedó solo con su prometida, sacó la mitad del anillo que llevaba en el bolsillo y lo
echó en un vaso de vino que le ofreció. Se puso a beber y distinguió aquel fragmento en el fondo
del vaso; se estremeció su corazón de alegría.
Cogió la otra mitad que llevaba colgada al cuello y la acercó a la primera, uniéndose ambas
exactamente. Entonces él le dijo:
-Soy tu prometido, el que has visto bajo una piel de oso; ahora, por la gracia de Dios, he recobrado
la figura humana y estoy purificado de mis pecados.
Y tomándola en sus brazos, la estrechaba en ellos cariñosamente en el momento mismo en que
entraban sus dos hermanas con sus magníficos trajes; pero cuando vieron que aquel joven tan buen
mozo era para su hermana y que era el hombre de la piel de oso, se marcharon llenas de disgusto
y cólera. La primera se tiró a un pozo y la segunda se colgó de un árbol.
Por la noche llamaron a la puerta y yendo a abrir el marido, vio al diablo con su vestido verde que
le dijo:
-No he salido mal; he perdido un alma pero he ganado dos.
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