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Cuentos de los Herm anos Grimm
EDITORIAL DIG ITAL - IMPRENTA NAC IONAL
costa rica
andando hasta cerca del anochecer. Entonces subió a un árbol para pasar la noche, pues temía
extraviarse. Cuando alumbró la luna el terreno, distinguió una persona que bajaba de la montaña.
Llevaba una vara en la mano, por lo que conoció que era la joven que guardaba los gansos que
había visto en la casa de la vieja. ¡Ah! -dijo-, viene hacia aquí, ya veo a una de las dos hechiceras:
la otra no puede escapárseme.
Pero ¡cuál fue su asombro cuando la vio acercarse a la fuente, quitarse la piel; cuando la cubrieron
sus dorados cabellos y se mostró más hermosa que ninguna de las mujeres que había visto en el
mundo! Apenas se atrevía a respirar, pero alargaba el cuello todo lo que podía; a través del follaje,
y la miraba sin volver los ojos; ya fuese que se hubiera inclinado demasiado, o por cualquier otra
causa, crujió de repente una rama, y vio a la joven en el mismo instante oculta bajo la piel; saltó
como un corzo y habiéndose ocultado la luna en aquel momento, se escapó a sus miradas.
Apenas hubo desaparecido, bajó el joven del árbol y se puso a perseguirla a toda prisa. No había
dado más que algunos pasos, cuando vio entre el crepúsculo dos personas que marchaban a través
de la pradera. Eran el rey y la reina que habían distinguido desde lejos una luz en la casa de la vieja
y se dirigían hacia aquel lado. El conde les refirió las maravillas que había visto cerca de la fuente
y no dudaron que hablaba de su perdida hija. Avanzaron alegres y bien pronto llegaron a la casa.
Los gansos estaban colocados a su alrededor, dormían con la cabeza oculta bajo las alas y ninguno
se movía. Miraron por la ventana dentro de la habitación y vieron a la vieja sentada e hilando con
la mayor tranquilidad, inclinando la cabeza y sin mover los ojos. El cuarto estaba tan limpio como
si estuviera habitado por esas pequeñas sílfides aéreas que no tienen polvo en los pies. Pero no
vieron a su hija. Lo miraron todo durante algunos momentos, se animaron por último y llamaron
suavemente a la ventana.
Se hubiera dicho que los esperaba la vieja, pues se levantó y les dijo con su voz rústica:
-Entrad, ya sé quién sois.
En cuanto entraron en el cuarto, añadió la vieja:
-Hubierais podido ahorraros ese largo camino, si no hubierais echado injustamente, hace tres años,
a vuestra hija que es tan buena y tan graciosa. Nada ha perdido, pues durante tres años ha guardado
gansos, en cuyo tiempo no ha aprendido nada malo y ha conservado la pureza de su corazón. Pero
estáis suficientemente castigados con la inquietud en que habéis