CUENTOS HERMANOS GRIM cuentos_hermanos_grimm_edincr | Page 50

Cuentos de los Herm anos Grimm EDITORIAL DIG ITAL - IMPRENTA NAC IONAL costa rica Pero la joven estaba triste. Se sentó y lloró amargamente. Las lágrimas cayeron unas tras otras de sus ojos y rodaron hasta el suelo entre sus largos cabellos. Hubiera permanecido allí largo tiempo, si el ruido de algunas ramas que crujían en un árbol próximo no hubiera llegado a sus oídos. Saltó como un corzo que ha oído el disparo del cazador. La luna se hallaba velada en aquel instante por una nube sombría; la niña se cubrió en un momento con la vieja piel y desapareció como una luz apagada por el viento. Corrió hacia la casa temblando como la hoja del álamo. La vieja estaba a la puerta de pie; la joven quiso referirle lo que le había sucedido, pero la vieja sonrió con cierta gracia y le dijo: -Lo sé todo. La condujo al cuarto y encendió algunas astillas. Pero no se sentó junto a su hija; cogió una escoba y comenzó a barrer y a sacudir el polvo. -Todo debe estar limpio y arreglado aquí, -dijo a la joven. -Pero madre mía, -repuso esta-, es muy tarde para comenzar este trabajo. ¿A qué viene eso? -¿Sabes la hora que es? -le preguntó la vieja. -Aún no son las doce, -repuso la joven-, pero ya han dado las once. -¿No recuerdas, -continuó la vieja-, que hace tres años hoy que has venido a mi casa? El plazo ha concluido, no podemos continuar más tiempo juntas. La joven dijo asustada: -¡Ah! buena madre, ¿queréis echarme? ¿Dónde iré? Yo no tengo amigos, ni patria, donde hallar un asilo. He hecho todo lo que habéis querido y habéis estado siempre contenta conmigo, no me echéis. La vieja no quería decir a la niña lo que iba a suceder. -No puedo permanecer aquí más tiempo, -le dijo-, pero cuando deje esta morada, es preciso que la casa y el cuarto estén limpios. No me detengas, pues, en mi trabajo. En cuanto a ti no tengas cuidado; hallarás un techo en el que podrás habitar y quedarás contenta también con la recompensa que te daré. -Pero decidme lo que va a pasar, -preguntó la joven otra vez. -Te lo repito, no me interrumpas en mi trabajo. No digas una palabra más: ve a tu cuarto, quítate la piel que cubre tu rostro, y ponte el vestido que traías cuando has venido a mi casa; después quédate en tu cuarto hasta que yo te llame. Pero debo volver a hablar del rey y de la reina, que habían partido con el conde para ir a buscar a la vieja a su soledad. El conde se había separado de ellos durante la noche, y se vio obligado a continuar solo su camino. Al día siguiente le pareció que estaba en el buen camino y continuó 50