Cuentos de los Herm anos Grimm
EDITORIAL DIG ITAL - IMPRENTA NAC IONAL
costa rica
Pero la joven estaba triste. Se sentó y lloró amargamente. Las lágrimas cayeron unas tras otras de
sus ojos y rodaron hasta el suelo entre sus largos cabellos. Hubiera permanecido allí largo tiempo,
si el ruido de algunas ramas que crujían en un árbol próximo no hubiera llegado a sus oídos. Saltó
como un corzo que ha oído el disparo del cazador. La luna se hallaba velada en aquel instante por
una nube sombría; la niña se cubrió en un momento con la vieja piel y desapareció como una luz
apagada por el viento.
Corrió hacia la casa temblando como la hoja del álamo. La vieja estaba a la puerta de pie; la joven
quiso referirle lo que le había sucedido, pero la vieja sonrió con cierta gracia y le dijo:
-Lo sé todo.
La condujo al cuarto y encendió algunas astillas. Pero no se sentó junto a su hija; cogió una escoba
y comenzó a barrer y a sacudir el polvo.
-Todo debe estar limpio y arreglado aquí, -dijo a la joven.
-Pero madre mía, -repuso esta-, es muy tarde para comenzar este trabajo. ¿A qué viene eso?
-¿Sabes la hora que es? -le preguntó la vieja.
-Aún no son las doce, -repuso la joven-, pero ya han dado las once.
-¿No recuerdas, -continuó la vieja-, que hace tres años hoy que has venido a mi casa? El plazo ha
concluido, no podemos continuar más tiempo juntas.
La joven dijo asustada:
-¡Ah! buena madre, ¿queréis echarme? ¿Dónde iré? Yo no tengo amigos, ni patria, donde hallar
un asilo. He hecho todo lo que habéis querido y habéis estado siempre contenta conmigo, no me
echéis.
La vieja no quería decir a la niña lo que iba a suceder.
-No puedo permanecer aquí más tiempo, -le dijo-, pero cuando deje esta morada, es preciso que
la casa y el cuarto estén limpios. No me detengas, pues, en mi trabajo. En cuanto a ti no tengas
cuidado; hallarás un techo en el que podrás habitar y quedarás contenta también con la recompensa
que te daré.
-Pero decidme lo que va a pasar, -preguntó la joven otra vez.
-Te lo repito, no me interrumpas en mi trabajo. No digas una palabra más: ve a tu cuarto, quítate la
piel que cubre tu rostro, y ponte el vestido que traías cuando has venido a mi casa; después quédate
en tu cuarto hasta que yo te llame.
Pero debo volver a hablar del rey y de la reina, que habían partido con el conde para ir a buscar
a la vieja a su soledad. El conde se había separado de ellos durante la noche, y se vio obligado
a continuar solo su camino. Al día siguiente le pareció que estaba en el buen camino y continuó
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