Cuentos de los Herm anos Grimm
EDITORIAL DIG ITAL - IMPRENTA NAC IONAL
costa rica
bajando los ojos, aunque no me atreveré a asegurar que su hilo fuera igual como lo era antes;
prosiguió hilando hasta que partió el príncipe. En cuanto no le vio ya, se levantó a abrir la ventana,
diciendo:
-¡Qué calor hace aquí!
Y le siguió con la vista mientras pudo distinguir la pluma blanca de su sombrero.
Volvió a sentarse y continuó hilando, pero no se le iba de la memoria un refrán que había oído
repetir con frecuencia a su madrina, el cual se puso a cantar, diciendo:
Corre huso, corre, a todo correr,
mira que es mi esposo debe volver.
Mas he aquí que el huso se escapó de repente de sus manos y salió fuera del cuarto; la joven se
le quedó mirando, no sin asombro, y le vio correr a través de los campos, dejando detrás de sí un
hilo de oro. Al poco tiempo estaba ya muy lejos y no podía distinguirle. No teniendo huso, cogió
la lanzadera y se puso a tejer.
El huso continuó corriendo y cuando se le acabó el hilo, ya se había reunido al príncipe.
-¿Qué es esto? –exclamó-; este huso quiere llevarme a alguna parte.
Y volvió su caballo, siguiendo al galope el hilo de oro. La joven continuaba trabajando y cantando:
Corre, lanzadera, corre tras de él,
tráeme a mi esposo, pronto tráemele.
Enseguida se escapó de sus manos la lanzadera, dirigiéndose a la puerta; pero al salir del umbral
comenzó a tejer, comenzó a tejer el tapiz más hermoso que nunca se ha visto; por ambos lados le
adornaban guirnaldas de rosas y de lirios y en el centro se veían pámpanos verdes sobre un fondo
de oro; entre el follaje se distinguían liebres y conejos, y pasaban la cabeza, a través de las ramas,
ciervos y corzos; en otras partes tenía pájaros de mil colores, a los que no faltaba más que cantar.
La lanzadera continuaba corriendo y la obra adelantaba a las mil maravillas.
Corre, aguja, corre, a todo correr,
prepáralo todo, que ya va a volver.
La aguja, escapándose de sus dedos, echó a correr por el cuarto con la rapidez del relámpago,
pareciendo que tenía a sus órdenes espíritus invisibles, pues la mesa y los bancos se cubrían con
tapetes verdes, las sillas se vestían de terciopelo y las paredes de una colgadura de seda.
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