Cuentos de los Herm anos Grimm
EDITORIAL DIG ITAL - IMPRENTA NAC IONAL
costa rica
El ángel le dijo estas palabras:
-Llevarás esta vara seca hasta que salgan de ella tres ramos verdes y por las noches cuando vayas a
dormir la colocarás debajo de tu cabeza. Mendigarás el pan de puerta en puerta y no permanecerás
más que una noche bajo el mismo techo. Tal es la penitencia que te impone el Señor.
El ermitaño tomó la vara y comenzó a andar por el mundo, que hacía tanto tiempo tenía olvidado.
No vivía más que de las limosnas que le daban en las puertas, pero con frecuencia no hacían caso
de sus súplicas y más de una puerta permanecía cerrada, de modo que pasaba días enteros sin tener
una migaja de pan.
Un día en que había estado desde la mañana hasta la noche mendigando de puerta en puerta y no
habían querido darle nada, ni aun dejarle pasar la noche en un rincón del pajar, fue a un bosque,
donde encontró un hueco abierto en una roca, en el que había sentada una vieja.
-Buena mujer, -le dijo-, déjame pasar la noche en tu casa.
-No, -le contestó-; yo no me atrevería, aunque pudiera. Tengo tres hijos que son ladrones y si te ven
aquí cuando vengan nos matarán a los dos.
-Déjame entrar, -dijo el ermitaño-; no nos harán nada a ninguno de los dos.
La vieja tuvo compasión y se enterneció.
El hombre se echó al pie de la escalera con su vara debajo de la cabeza. La vieja le preguntó por
qué se ponía así y le refirió que cumplía una penitencia y que debía ser su almohada aquella rama
seca. La mujer exclamó llorando:
-¡Ay!, si Dios castiga así una simple palabra, ¿qué será de mis hijos cuando comparezcan, el día
del juicio, delante de él?
A la medianoche volvieron los ladrones haciendo mucho ruido. Encendieron una lumbre muy
grande que iluminó toda la pieza, de modo que no tardaron en ver al hombre debajo de la escalera;
encolerizados dijeron entonces a su madre:
-¿Quién es ese hombre? ¿Olvidas que te hemos prohibido recibir aquí a nadie?
-Dejadle; es un pobre pecador que hace penitencia de sus pecados, -contestó la madre.
-¿Qué ha hecho?, -preguntaron los bandidos-. Vamos, viejo, cuéntanos tus pecados.
Se levantó entonces y les refirió cómo por haber ofendido a Dios con sólo una palabra, había
tenido que someterse a una vida de expiación. Los ladrones se conmovieron de tal modo al oír su
historia, que se llenaron de terror al considerar su vida pasada; volvieron en sí y comenzaron a
hacer penitencia con sincera contrición.
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