CUENTOS HERMANOS GRIM cuentos_hermanos_grimm_edincr | Page 113

Cuentos de los Herm anos Grimm EDITORIAL DIG ITAL - IMPRENTA NAC IONAL costa rica ermita que había allí cerca y volvió a salir enseguida, saltando por la ventana. El jabalí entró detrás de él, pero el sastrecillo volvió en dos saltos y cerró la puerta de modo que la fiera se encontró presa, pues era demasiado pesada y grande para salvarse por el mismo camino. Después de esta hazaña llamó a los cazadores para que vieran al prisionero con sus propios ojos y se presentó al rey, el cual se vio obligado esta vez a darle a pesar suyo su hija y la mitad de su reino. Con mucha más dificultad se hubiera decidido si hubiera sabido que su yerno no era un gran guerrero sino un infeliz sastrecillo. La boda se celebró con mucha magnificencia y poca alegría, y de un sastre se hizo rey. Algún tiempo después, la joven reina oyó una noche a su marido que decía soñando. -Vamos, muchacho, concluye ese chaleco y remienda ese pantalón o si no te doy con la vara entre las orejas. Comprendió entonces el sitio en que se había educado su marido y al día siguiente fue a quejarse a su padre suplicándole le librara de un marido que no era más que un miserable sastre. Para consolarla, le dijo el rey: -Deja tu cuarto abierto esta noche; mis criados estarán a la puerta y en cuanto esté dormido, entrarán y le llevarán cargado de cadenas a un navío que le conducirá lejos de aquí. La reina estaba muy contenta, pero un escudero del rey que lo había oído todo y que amaba al nuevo príncipe, fue y le descubrió el complot. -Yo lo arreglaré, -le dijo el sastre. Por la noche se acostó como de costumbre y cuando su mujer le creyó bien dormido fue a abrir la puerta y se volvió a acostar a su lado. Pero el hombrecillo, que fingía dormir, se puso a gritar en alta voz: -Vamos, muchacho, termina ese chaleco o te doy con la vara en las orejas. He derribado siete de un cachete, he muerto dos gigantes, cazado un unicornio y un jabalí, ¿tendré miedo de gentes que están ocultas a mi puerta? Al oír estas últimas palabras se asustaron todos de tal modo que echaron a correr como si hubieran visto al diablo y nadie se atrevió ya a declararse contra él. De esta manera conservó la corona toda su vida. 113