Cuentos de los Herm anos Grimm
EDITORIAL DIG ITAL - IMPRENTA NAC IONAL
costa rica
ermita que había allí cerca y volvió a salir enseguida, saltando por la ventana. El jabalí entró detrás
de él, pero el sastrecillo volvió en dos saltos y cerró la puerta de modo que la fiera se encontró
presa, pues era demasiado pesada y grande para salvarse por el mismo camino. Después de esta
hazaña llamó a los cazadores para que vieran al prisionero con sus propios ojos y se presentó al rey,
el cual se vio obligado esta vez a darle a pesar suyo su hija y la mitad de su reino. Con mucha más
dificultad se hubiera decidido si hubiera sabido que su yerno no era un gran guerrero sino un infeliz
sastrecillo. La boda se celebró con mucha magnificencia y poca alegría, y de un sastre se hizo rey.
Algún tiempo después, la joven reina oyó una noche a su marido que decía soñando.
-Vamos, muchacho, concluye ese chaleco y remienda ese pantalón o si no te doy con la vara entre
las orejas.
Comprendió entonces el sitio en que se había educado su marido y al día siguiente fue a quejarse a
su padre suplicándole le librara de un marido que no era más que un miserable sastre.
Para consolarla, le dijo el rey:
-Deja tu cuarto abierto esta noche; mis criados estarán a la puerta y en cuanto esté dormido,
entrarán y le llevarán cargado de cadenas a un navío que le conducirá lejos de aquí.
La reina estaba muy contenta, pero un escudero del rey que lo había oído todo y que amaba al
nuevo príncipe, fue y le descubrió el complot.
-Yo lo arreglaré, -le dijo el sastre.
Por la noche se acostó como de costumbre y cuando su mujer le creyó bien dormido fue a abrir la
puerta y se volvió a acostar a su lado. Pero el hombrecillo, que fingía dormir, se puso a gritar en
alta voz:
-Vamos, muchacho, termina ese chaleco o te doy con la vara en las orejas. He derribado siete de
un cachete, he muerto dos gigantes, cazado un unicornio y un jabalí, ¿tendré miedo de gentes que
están ocultas a mi puerta?
Al oír estas últimas palabras se asustaron todos de tal modo que echaron a correr como si hubieran
visto al diablo y nadie se atrevió ya a declararse contra él. De esta manera conservó la corona toda
su vida.
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