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Cuentos de los Herm anos Grimm
EDITORIAL DIG ITAL - IMPRENTA NAC IONAL
costa rica
El sastrecillo bajó entonces de su puesto.
-Por fortuna, -pensó para sí-, no han arrancado también el árbol en que yo me hallaba, pues me
hubiera visto obligado a saltar a otro como una ardilla, pero en nuestro oficio todos somos listos.
Sacó la espada y después de haber dado dos buenos golpes en el pecho a cada uno de ellos, volvió
a reunir a su escolta a la que dijo:
-Ya he concluido; les he dado el golpe de gracia; el negocio ha estado reñido, querían resistir y
hasta han arrancado árboles para tirármelos, pero ¿de qué sirve todo esto contra un hombre como
yo que derriba siete de un cachete?
-¿No estás herido?, -le preguntaron los soldados.
-No, -dijo-, no han podido tocarme ni la punta de un cabello.
Los soldados no quisieron creerlo; entraron en el bosque y encontraron en efecto a los gigantes
nadando en su sangre y los árboles arrancados por todas partes a su alrededor.
El sastrecillo reclamó la recompensa prometida por el rey, pero éste, que se arrepentía de haber
empeñado su palabra, buscó un medio para librarse del héroe.
-Hay, -le dijo-, otra aventura que debes llevar a cabo antes de obtener a mi hija y la mitad de mi
reino. Frecuenta mis bosques un unicornio que hace muchos estragos, es preciso que te apoderes
de él.
-Un unicornio me da todavía menos miedo que dos gigantes; siete de un cachete es mi divisa.
Tomó una cuerda y un hacha y entró en el bosque mandando a los que le acompañaban que le
esperasen fuera. No tuvo que andar mucho tiempo; el unicornio apareció bien pronto y corrió hacia
él para herirle.
-Poco a poco, -dijo-, muy deprisa no está en regla.
Permaneció inmóvil hasta que el animal estuvo cerca de él, y entonces se deslizó muy listo detrás
del tronco de un árbol. El unicornio, que se había lanzado contra el árbol con todas sus fuerzas,
metió en él un cuerno tan profundamente que le fue imposible sacarle y así le cogió.
-El pájaro está en la jaula, -se dijo el sastre, y saliendo de su escondrijo, se acercó al unicornio, le
pasó la cuerda alrededor del cuello, le partió el cuerno metido en el árbol a fuerza de hachazos y
cuando hubo acabado, llevó el animal delante del rey.
Pero el rey no podía decidirse a cumplir su palabra y le impuso otra tercera condición. Se trataba
de apoderarse de un jabalí que hacía grandes estragos en los bosques. Los cazadores del rey tenían
orden de ayudarle. El sastre aceptó diciendo que esto no era más que un juego de niños. Entró solo
en el bosque sin que lo sintieran los cazadores, a los que el jabalí había recibido y muchas veces de
tal manera que no tenían ánimo de volver. El jabalí en cuanto distinguió al sastre se precipitó hacia
él, echando espuma y enseñando sus agudos colmillos, pero el ligero hombrecillo se refugió en una
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