CUENTOS HERMANOS GRIM cuentos_hermanos_grimm_edincr | Page 110

Cuentos de los Herm anos Grimm EDITORIAL DIG ITAL - IMPRENTA NAC IONAL costa rica -No se trata de fuerzas, -respondió el sastrecillo-, ¿qué es eso para un hombre que ha derribado siete de un cachete? He saltado por encima del árbol para librarme de las balas, porque allá abajo hay unos cazadores que tiran a los matorrales. Haz tú otro tanto si puedes. El gigante probó, pero no pudo saltar por encima del árbol y se quedó encerrado en las ramas. Así conservó la ventaja el sastre. -Puesto que eres un muchacho tan valiente, -dijo el gigante-, es preciso que vengas a nuestra caverna y pases la noche con nosotros. El sastre consintió en ello con mucho gusto. En cuanto llegaron encontraron a otros gigantes sentados cerca de la lumbre comiéndose cada uno un carnero asado que tenía en la mano. El sastre creyó que la habitación era mucho mayor que su tienda. El gigante le enseñó su cama y le mandó que se acostase, pero como la cama era demasiado grande para un cuerpo tan pequeño, se acurrucó en un rincón. A la media noche, creyendo el gigante que dormía con un profundo sueño, cogió una barra de hierro y dio un golpe muy grande en medio de la cama, con lo que pensó haber matado decididamente al enano. Los gigantes se levantaron al amanecer y se fueron al bosque; se habían olvidado del sastre, cuando le vieron salir de la caverna con un aire muy alegre y un tanto descarado; llenos de miedo y temiendo los matase a todos, echaron a correr sin esperar a más. Continuó el sastrecillo su viaje y después de haber andado mucho tiempo, llegó al jardín de un palacio y como estaba un poco cansado se echó en el musgo y se durmió. Las personas que pasaron por allí se pusieron a mirarle por todos lados y leyeron en su cinturón: «Siete de un cachete.» -¡Ah!, -dijeron para sí-, ¿qué es lo que viene a hacer aquí este rayo de la guerra en el seno de la paz? Debe ser algún señor muy poderoso. Fueron a dar parte a su rey, añadiendo que si llegaba a declararse la guerra sería un auxiliar muy eficaz, por lo que había que ganarle a cualquier precio. Agradó al rey este consejo y envió a uno de sus cortesanos para ofrecerle, en cuanto despertase, un empleo a su servicio. El enviado permaneció de centinela cerca del hombrecillo; y cuando comenzó a abrir los ojos y a estirarse le hizo la propuesta. -Con ese objeto he venido, -respondió el otro-; estoy pronto a entrar al servicio del rey. Se le recibió con toda clase de honores y le designaron una habitación en la Corte. Pero los militares estaban celosos de él y hubieran querido verle a mil leguas de allí. -¿En qué vendrá a parar todo esto? -se decían unos a otros. -Si tenemos alguna desazón con él, se arrojará sobre nosotros y matará siete de una vez. Ninguno de nosotros sobrevivirá. 110