Cuentos de los Herm anos Grimm
EDITORIAL DIG ITAL - IMPRENTA NAC IONAL
costa rica
-No se trata de fuerzas, -respondió el sastrecillo-, ¿qué es eso para un hombre que ha derribado
siete de un cachete? He saltado por encima del árbol para librarme de las balas, porque allá abajo
hay unos cazadores que tiran a los matorrales. Haz tú otro tanto si puedes.
El gigante probó, pero no pudo saltar por encima del árbol y se quedó encerrado en las ramas. Así
conservó la ventaja el sastre.
-Puesto que eres un muchacho tan valiente, -dijo el gigante-, es preciso que vengas a nuestra
caverna y pases la noche con nosotros.
El sastre consintió en ello con mucho gusto. En cuanto llegaron encontraron a otros gigantes
sentados cerca de la lumbre comiéndose cada uno un carnero asado que tenía en la mano. El sastre
creyó que la habitación era mucho mayor que su tienda.
El gigante le enseñó su cama y le mandó que se acostase, pero como la cama era demasiado grande
para un cuerpo tan pequeño, se acurrucó en un rincón. A la media noche, creyendo el gigante que
dormía con un profundo sueño, cogió una barra de hierro y dio un golpe muy grande en medio de
la cama, con lo que pensó haber matado decididamente al enano. Los gigantes se levantaron al
amanecer y se fueron al bosque; se habían olvidado del sastre, cuando le vieron salir de la caverna
con un aire muy alegre y un tanto descarado; llenos de miedo y temiendo los matase a todos,
echaron a correr sin esperar a más.
Continuó el sastrecillo su viaje y después de haber andado mucho tiempo, llegó al jardín de un
palacio y como estaba un poco cansado se echó en el musgo y se durmió. Las personas que pasaron
por allí se pusieron a mirarle por todos lados y leyeron en su cinturón: «Siete de un cachete.»
-¡Ah!, -dijeron para sí-, ¿qué es lo que viene a hacer aquí este rayo de la guerra en el seno de la
paz? Debe ser algún señor muy poderoso.
Fueron a dar parte a su rey, añadiendo que si llegaba a declararse la guerra sería un auxiliar muy
eficaz, por lo que había que ganarle a cualquier precio.
Agradó al rey este consejo y envió a uno de sus cortesanos para ofrecerle, en cuanto despertase,
un empleo a su servicio.
El enviado permaneció de centinela cerca del hombrecillo; y cuando comenzó a abrir los ojos y a
estirarse le hizo la propuesta.
-Con ese objeto he venido, -respondió el otro-; estoy pronto a entrar al servicio del rey.
Se le recibió con toda clase de honores y le designaron una habitación en la Corte. Pero los militares
estaban celosos de él y hubieran querido verle a mil leguas de allí.
-¿En qué vendrá a parar todo esto? -se decían unos a otros.
-Si tenemos alguna desazón con él, se arrojará sobre nosotros y matará siete de una vez. Ninguno
de nosotros sobrevivirá.
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